Dios no tiene memoria: la confesión

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 Confesar (con Jesús)Para empezar hablando de la confesión, empezaremos hablando del pecado. “Pecar es decirle a Dios que no me interesas. Pecar es no caer en la cuenta de que fue el pecado lo que llevó a Cristo a la Cruz, es despreciar que Él cargara con toda nuestra miseria para que pudiéramos ser auténticamente felices y no estar aplastados por nuestros errores”.
Cada vez que pecamos, se nos tiene que venir a la mente a Jesús clavado en la Cruz. Nos alejamos de Dios, le ofendemos; luego al igual que si yo ofendo a alguien, me gusta pedirle perdón… Tendré que pedir perdón a Dios, ¿no? Pues para eso está la confesión. En ella es el mismo Dios, no el sacerdote; sino Dios el que perdona nuestros pecados, nuestras ofensas hacia Él. “Él lo único que pide para perdonarnos es que se lo pidamos. No quiere más, solo que  deseemos su perdón”.
Es verdad que nos pueden echar muchas cosas para atrás: ¿Por qué tengo que contar mis pecados y mis defectos a otro hombre? ¿Por qué tengo que confesarme siempre de lo mismo si voy a seguir cayendo? ¿Qué va a pensar el sacerdote de mí?confesion jesus
Todo el que se ha confesado alguna vez, sabe que nada de esto es escusa si se compara con la alegría con la que se sale después de cada confesión: “Quien ha probado la alegría que se obtiene tras cada confesión, no está dispuesto a picar con argumentos infantiles, por la sencilla razón de que ha comprobado en sus carnes que la confesión es el sacramento de la alegría”.
El sacerdote no va a pensar nada malo de ti. Todos somos pecadores; no hay ninguna excepción. Y el que piense que no lo es, ya está pecando de soberbia. Luego, ¿de qué se va extrañar el sacerdote? Todo lo contrario. Pensará que eres santo: que te arrepientes de haber ofendido a Dios y que quieres ser perdonado y luchar para no volver a caer. San Francisco de Sales lo dijo: “Solo los humildes y los santos se reconocen pecadores y confiesan sus pecados”.
Tenemos la suerte de que Dios puso al sacerdote para que pudiéramos confesarnos y tener la seguridad de que hemos sido perdonados. Además, él nos dará consejos y nos ayudará a luchar por ser mejores y evitar tentaciones. Estamos de acuerdo en que a nadie le gusta contar a otros sus defectos y sus pecados; pero no es contarlos simplemente, sino contarlos porque me he arrepentido y quiero que Dios me perdone: “Quien no es capaz de pedir perdón, acaba saboreando la amargura de los propios remordimientos. Es soberbio pensar que no tenemos defectos, y es más soberbio todavía pensar que no necesitamos ser perdonados”.
LAbrazo Jesúsa confesión no la inventó Dios porque sí. “La confesión es un invento de Dios para que el hombre sepa salir adelante y tener una vida feliz. Dios no tiene memoria. Por eso perdona siempre y del todo. Y si Dios no quiere que pequemos es porque no nos hace felices”.
No debemos olvidar que “las cosas no son malas porque son pecado, son pecado porque son malas, porque nos destrozan y porque destrozan la vida de Dios en nosotros” y por eso me confieso: porque el pecado me hace daño, me quita la paz, le hace daño a Dios.
¿Y cada cuanto me confieso? Cuando tú veas. Los mortales (cuando haya materia grave, pleno consentimiento y total advertencia) rápidamente, pero… ¿y los veniales? Puedes pensar que para qué confesar los veniales, si no son graves  y vamos a caer otra vez. ¡Pues no! Por eso es bueno confesarse de los veniales, porque en la confesión además de perdonarnos, nos llega una gracia que nos ayuda a luchar  más en la próxima vez que nos venga la tentación. “A veces pensarás que estamos condenados a caer una y otra vez. Y no es verdad. La gracia puede más que el pecado”. ¡Pídele ayuda a Dios, dile que no quieres pecar más!
Confesarse es saber que Dios me ha perdonado, que todo lo que he hecho mal ya está olvidado. Es volver a empezar otra vez de cero, las veces que haga falta. La confesión es recuperar la paz, la alegría y la amistad con Dios. ¿No es estupendo? ¡Da gracias a Dios por esta suerte que tenemos y no lo desaproveches!

Elena Cepeda @cepe95 Estudiante de Óptica y Optometría en la UCM

Reflexión en torno al libro “A Dios le importas” de Antonio Pérez Villahoz

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