Mes: noviembre 2014

Extracto de la rueda de prensa del Papa Francisco en el vuelo de retorno de Estrasburgo

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P. ”Su Santidad ante el Parlamento Europeo ha pronunciado un discurso con palabras pastorales, pero que pueden sonar también como palabras políticas y pueden parecerse, en mi opinión, a un sentimiento socialdemocráta. Por ejemplo, cuando dice que hay que evitar que la fuerza real expresiva de los pueblos sea removida por el poder de las multinacionales. ¿Podríamos decir que Su Santidad es un Papa socialdemócrata?”.
Francisco: ”Sería reductivo. Me siento como en una colección de insectos: ‘Este es un insecto socialdemócrata…’. No, yo diría que no. No sé si soy un Papa socialdemócrata o no… No oso calificarme de uno u otro partido. Me atrevo a decir que lo que afirmo procede del Evangelio: Es el mensaje del Evangelio, asumido por la Doctrina Social de la Iglesia. Concretamente en esa frase y en otras coas – sociales o políticas – que he dicho, no me he separado de la Doctrina social de la Iglesia. La Doctrina social de la Iglesia viene del Evangelio y de la tradición cristiana. Lo que dije acerca de la identidad de los pueblos es un valor evangélico, ¿verdad? Y yo lo digo en este sentido. Pero la pregunta me hizo reír, ¡gracias!”
P. “Me llamó la atención en el discurso ante el Consejo de Europa, el concepto de transversal, sobre todo referido a sus encuentros con jóvenes políticos de diferentes países. De hecho, también mencionó la necesidad de algún tipo de pacto entre generaciones, un acuerdo intergeneracional al margen de esta ‘transversalidad’. Y si me permite, una curiosidad personal: ¿Es verdad que es un devoto de San José y que tiene una imagen suya en la habitación?”.
Francisco: ”Sí, es verdad. Y siempre que he pedido algo a San José me lo ha concedido. El concepto de ‘transversal’ es importante. Me he dado cuenta en los diálogos con los jóvenes políticos, en el Vaticano, sobre todo de diferentes partidos y naciones, de que hablan con una música diversa que tiende a lo transversal y es un valor. No tienen miedo de salir de su pertenencia, sin negarla, de salir para hablar. ¡Y son valientes! Creo que es lo que hay que imitar; y también el diálogo intergeneracional. Este ir a buscar a las personas de otras pertenencias para dialogar: Esto es lo que necesita hoy Europa.
P. ”En su segundo discurso, ante el Consejo de Europa, habló de los pecados de los hijos de la Iglesia. Me gustaría saber cómo recibió la noticia de lo ocurrido en Granada (supuestos abusos sexuales de menores por parte de sacerdotes de esa archidiócesis española n.d.r) que Su Santidad, de alguna manera ha sacado a la luz.”
Francisco: ”Recibí una carta que me habían enviado; llamé al remitente y le dije: ”Mañana, tú vas a ver al obispo”; y escribí al obispo para que pusiera en marcha la encuesta, para que siguiera adelante. ¿Cómo recibí esta noticia? Con tanto dolor, con un dolor grandísimo. Pero la verdad es la verdad, y no hay que ocultarla”.
P.-“En sus discursos y ahora en Estrasburgo, ha hablado a menudo tanto de la amenaza del terrorismo como de la amenaza de la esclavitud, actitudes que también son típicas del estado islámico, que amenaza gran parte del Mediterráneo, también a Roma y a su persona. ¿Cree que también se puede dialogar con estos extremistas o es tiempo perdido?”
Francisco: ”Yo nunca doy nada por perdido, nunca. Tal vez no se pueda dialogar, pero nunca hay que cerrar la puerta. Es difícil, se puede decir ‘casi imposible’, pero la puerta está siempre abierta. Usted ha utilizado dos veces la palabra ‘amenaza’. Es cierto, el terrorismo es una realidad amenazadora… Pero la esclavitud es una realidad insertada en el tejido social de hoy en día, ¡pero desde hace tiempo! El trabajo esclavo, la trata de personas, el comercio de los niños… ¡son dramas! No hay que cerrar los ojos ante todo esto. Hoy, la esclavitud es una realidad, la explotación de la gente… Y luego está la amenaza de estos terroristas. Pero también hay otra amenaza y es el terrorismo de Estado. Cuando la situación se vuelve crítica, cada Estado, por su cuenta, siente que tiene el derecho de masacrar a los terroristas, y con los terroristas caen muchos que son inocentes. Esta anarquía de alto nivel es muy peligrosa. Hay que combatir el terrorismo pero repito lo que dije en el viaje anterior: Cuando hay que detener al agresor injusto, hay que hacerlo con el consenso internacional”.
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El Papa Francisco en el Parlamento Europeo

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Durante la visita del Papa Francisco al Parlamento Europeo y al consejo de Europa dio un discurso en el cual trato de diversos temas con un mensaje de Esperanza.
DIGNIDAD DE LA PERSONA
“En el centro de este ambicioso proyecto político, se encontraba la confianza en el hombre, no tanto como ciudadano o sujeto económico, sino en el hombre como persona dotada de una dignidad trascendente”. Nos recuerda el Papa refiriéndose a la fundación de la Unión Europea.
Según el Papa Francisco la multitud de pueblos que formaron Europa junto con el cristianismo dieron lugar al concepto de persona y los derechos humanos han sido fruto del reconocimiento del valor de la persona tras las injusticias y atrocidades del último siglo, añade también que no debemos perder las raíces de nuestra cultura ni renegarlas.
El Papa Francisco habló también de que la persona humana tiene una serie de derechos que están por encima de la economía: “Promover la dignidad de la persona significa reconocer que posee derechos inalienables, de los cuales no puede ser privado arbitrariamente por nadie y menos aún en beneficio del interés económicos”
Así mismo nos advierte de la existencia de una “tendencia hacia una reivindicación siempre más amplia de los derechos individuales- estoy tentado de decir individualistas- que esconde una concepción de persona humana desligada de todo contexto social y antropológico” buscando más bien el propio beneficio egoísta dejando de lado el bien común de la sociedad misma, lo que según palabras textuales del Papa: “se transforma en fuente de conflictos y de violencias”.
“Afirmar la dignidad de la persona significa reconocer el valor de la vida humana que se nos da gratuitamente y, por eso, no puede ser objeto de intercambio o comercio”. El Papa llama a todos los políticos a que defiendan a la persona en toda situación sobre  todo en los más desfavorecidos y ser capaces de dotarlo de dignidad.
En otra ocasión el Pontífice recurre al famoso fresco de Rafael, “La Escuela de Atenas”: “En el centro están Platón y Aristóteles. El primero con el dedo apunta hacia lo alto, el mundo de las ideas, podríamos decir hacia el Cielo; el segundo tiende la mano hacia delante, hacia el observador, hacia la Tierra, la Realidad Concreta. Me parece una imagen qie describe bien a Europa en su historia hecho de un permanente encuentro entre el Cielo y la Tierra, donde el Cielo indica la apertura a lo trascendente, a Dios, que ha caracterizado desde siempre al hombre europeo, y la Tierra representa la capacidad practica y concreta de afrontar situaciones y los problemas”.
El Papa nos recuerda que el cristianismo aportó y puede seguir aportando ideales como la paz, la subsidiariedad y la solidaridad recíproca y un humanismo centrado en el respeto de la dignidad de la persona y que no podemos dejarlo de lado.
Hablando de los extremismos el Papa Francisco mencionó el papel que aporta el cristianismo: “también por el gran vacío en el ámbito de los ideales (…) porque es precisamente este olvido de Dios en lugar de su glorificación, la que engendra la violencia”. Francisco recuerda en este discurso las injusticias que se dan en el mundo, así como las persecuciones de las minorías religiosas, especialmente la cristiana.
Recuerda también a los parlamentarios su responsabilidad de fomentar la unidad de los pueblos a pesar de las diferencias, y también su deber de devolver la dignidad a las personas que, por su situación, no gozan de completa dignidad. En este deber esta el reconocimiento de la centralidad de la persona humana en Europa, que “implica también favorecer sus cualidades”.
Los ámbitos en los cuales se pueden desarrollar esas cualidades incluye la educación (no la mera formación, sino el crecimiento de la persona en su totalidad), la Familia “célula fundamental y elemento preciso de toda sociedad” , la ecología, como recuerda que debemos custodiar la Tierra, la creación que es “un don precioso que Dios ha puesto en manos de los hombres (…) Custodios, pero no dueños”; el Trabajo es otro ámbito en el que florecen las virtudes de la persona humana, que es necesario devolver la dignidad al trabajo combinando la flexibilidad y la estabilidad del mercado con la no explotación de las personas y que de “la posibilidad de construir una familia y de educar a los hijos”
Además, el Papa les apremia a tratar la grave situación migratoria con valentía y para ello superar los conflictos internos. “Les exhorto, pues, a trabajar para que Europa redescubra su alma buena”

Pablo Sebastián  @PablosSBb    2º de Arquitectura en la UAH. 

Jesús García León @sitogleon   1º de Fisioterapia en la UAH.

Portavoces de fearless!

¡Haz de tu vida una Eucaristía!

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¿Cuántos sacrificios he hecho?, ¿cuántos actos piadosos? Son preguntas típicas que a veces nos hacemos para ver cómo está nuestra relación con Dios. Pues bien, no se trata de aplicar las matemáticas. No se trata de contar. “Nuestro error está en que caemos en la trampa de aplicar nuestros criterios matemáticos a nuestra relación con Dios. Fabricamos criterios que nos permitan medir nuestros avances y evaluar nuestra situación”.
Caemos en una autosuficiencia religiosa de manera que medimos nuestra propia santidad. Además, esta autocomplacencia nos conduce a pensar que podemos juzgar a los demás: “vamos de jueces de lo divino y de lo humano”.
Dijo Jesús a los fariseos (los cuales actuaban de esta manera): “No es esa la senda de Dios, no es esa mi senda. Vuestro error está en que no habéis entendido que quiero misericordia y no sacrificios”. Debemos hacer el esfuerzo de acercarnos a Dios por amor. No se trata de un: yo hago actos piadosos y sacrificios a cambio de que tú me lleves al Cielo. “El Señor quiere llevarnos al terreno del amor”.
Nuestra vida debe estar alimentada de amor y misericordia. Amar a Dios y por ello confiar en Él queriendo que se cumpla su Voluntad, y no la mía. Es más, “la voluntad de Dios es siempre misericordia”. Y amar al prójimo siendo buenos y misericordiosos. “Lo que el Padre quiere es caridad. Que mi vida sea una obediencia amorosa de servicio y de perdón a mis hermanos”.
 Jesús nos dio ejemplo de esto con su vida. La eucaristía “es el cumplimiento de la voluntad  del Padre realizado por Jesús y –al mismo tiempo- la mayor realización de misericordia con los hombres” ya que pasa por la muerte para darnos vida a nosotros. Por lo tanto, “la vida del cristiano es vida eucarística: esto significa, no solo adorar la eucaristía, sino hacer de la vida una eucaristía” ya que mi día debe ser una obediencia a Dios y un constante acto de amor y misericordia. Esa es la senda de Dios. ¡Vive como Cristo vive en la eucaristía!
Por lo tanto, lo importante no son los sacrificios, sino la misericordia y el amor. Hacer esos sacrificios, pero desde el amor. No debemos olvidar que ante estas acciones, Dios no actúa utilizando una balanza midiendo las apariencias de cuánto se ha hecho. Él mide según nuestro interior y según el amor que hayamos puesto.  Es un error despreciar lo bueno que hacemos. “No nos impidamos crecer menospreciando lo bueno, aunque nos parezca poca cosa comparado con lo que otros hacen o yo mismo debería de hacer”. Es una equivocación medirnos por cantidades de obras y oraciones; al igual que lo es medir así a los demás.
 Eucaristia“Por supuesto que es bueno dar cada vez más, demostrar la fe y la caridad con obras abundantes, y llenar la vida con buenas acciones. Pero sin olvidar la grandeza de una sola y aislada “pequeña” obra buena”. Claro que Dios se merece más, pero poco a poco: agradeciendo lo bueno que hay en nosotros sin conformarnos con ello, para no estancarnos; sino luchando cada día por ser mejores y crecer en el amor,  y diciéndole a Jesús: ¡Ayúdame a quererte cada día un poco más! Pídele a la Virgen querer a su Hijo tanto como Ella lo hace.
Y no olvides, que a Dios, nuestro Padre, le encantan los detalles. Como decía Santa Teresa “lo que hay que hacer es ganar a Jesús por el corazón. Él es mucho mejor de lo que pensamos y se conforma con una mirada, un suspiro de amor”

Elena Cepeda @cepe95 Portavoz de fearless! Estudiante de 2º de Óptica en la UCM

Reflexiones en torno a “Dios en On” de José Pedro Manglano @manglano_org

Mendigando caridad

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Al ver esas realidades del otro, ves tu propia realidad y comprendes que mendigar caridad es un bien del que todos salimos ganando

Uno, dos y tres volver a empezar

(Image source:)(Image source: bibliotecandoinsieme.wordpress.com)

Son muchos. Somos todos. No sólo los de la calle, los que no tienen trabajo ni los que no tienen familia. Cada persona que habita la tierra hoy, mañana, pasado… Somos mendigos de la caridad; aunque no se quiera hacer ver, aunque sean otros los que nos hagan creer lo contrario, aunque cueste reconocerlo, aunque no se quiera ser acogido.

Son las experiencias ajenas las que provocan un punto de inflexión en uno mismo. Cuando se conoce la realidad del otro se empieza a entender la propia y a ver cuán parecidas son a pesar de las diferencias externas. Porque el corazón de cada uno tiene las mismas necesidades y anhelos. Y al tener alma nos hace ver más allá de las circunstancias que rodean a esa persona; ella vale por lo que es. Lo he leído esta mañana en un libro “(…) ve juntas a todas…

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Discurso del Papa en el Parlamento Europeo

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B3S0ROkIgAADfTRSeñor Presidente, Señoras y Señores Vicepresidentes, Señoras y Señores Eurodiputados,
Trabajadores en los distintos ámbitos de este hemiciclo,
Queridos amigos
Les agradezco que me hayan invitado a tomar la palabra ante esta institución fundamental de la vida de la Unión Europea, y por la oportunidad que me ofrecen de dirigirme, a través de ustedes, a los más de quinientos millones de ciudadanos de los 28 Estados miembros a quienes representan. Agradezco particularmente a usted, Señor Presidente del Parlamento, las cordiales palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos los miembros de la Asamblea.
Mi visita tiene lugar más de un cuarto de siglo después de la del Papa Juan Pablo II. Muchas cosas han cambiado desde entonces, en Europa y en todo el mundo. No existen los bloques contrapuestos que antes dividían el Continente en dos, y se está cumpliendo lentamente el deseo de que «Europa, dándose soberanamente instituciones libres, pueda un día ampliarse a las dimensiones que le han dado la geografía y aún más la historia».
Featured Image -- 941Junto a una Unión Europea más amplia, existe un mundo más complejo y en rápido movimiento. Un mundo cada vez más interconectado y global, y, por eso, siempre menos «eurocéntrico». Sin embargo, una Unión más amplia, más influyente, parece ir acompañada de la imagen de una Europa un poco envejecida y reducida, que tiende a sentirse menos protagonista en un contexto que la contempla a menudo con distancia, desconfianza y, tal vez, con sospecha.
Al dirigirme hoy a ustedes desde mi vocación de Pastor, deseo enviar a todos los ciudadanos europeos un mensaje de esperanza y de aliento.
Un mensaje de esperanza basado en la confianza de que las dificultades puedan convertirse en fuertes promotoras de unidad, para vencer todos los miedos que Europa – junto a todo el mundo – está atravesando. Esperanza en el Señor, que transforma el mal en bien y la muerte en vida.
Un mensaje de aliento para volver a la firme convicción de los Padres fundadores de la Unión Europea, los cuales deseaban un futuro basado en la capacidad de trabajar juntos para superar las divisiones, favoreciendo la paz y la comunión entre todos los pueblos del Continente. En el centro de este ambicioso proyecto político se encontraba la confianza en el hombre, no tanto como ciudadano o sujeto económico, sino en el hombre como persona dotada de una dignidad trascendente.
Quisiera subrayar, ante todo, el estrecho vínculo que existe entre estas dos palabras: «dignidad» y «trascendente».
La «dignidad» es la palabra clave que ha caracterizado el proceso de recuperación en la segunda postguerra. Nuestra historia reciente se distingue por la indudable centralidad de la promoción de la dignidad humana contra las múltiples violencias y discriminaciones, que no han faltado, tampoco en Europa, a lo largo de los siglos. La percepción de la importancia de los derechos humanos nace precisamente como resultado de un largo camino, hecho también de muchos sufrimientos y sacrificios, que ha contribuido a formar la conciencia del valor de cada persona humana, única e irrepetible. Esta conciencia cultural encuentra su fundamento no sólo en los eventos históricos, sino, sobre todo, en el pensamiento europeo, caracterizado por un rico encuentro, cuyas múltiples y lejanas fuentes provienen de Grecia y Roma, de los ambientes celtas, germánicos y eslavos, y del cristianismo que los marcó profundamente, dando lugar al concepto de «persona».
Hoy, la promoción de los derechos humanos desempeña un papel central en el compromiso de la Unión Europea, con el fin de favorecer la dignidad de la persona, tanto en su seno como en las relaciones con los otros países. Se trata de un compromiso importante y admirable, pues persisten demasiadas situaciones en las que los seres humanos son tratados como objetos, de los cuales se puede programar la concepción, la configuración y la utilidad, y que después pueden ser desechados cuando ya no sirven, por ser débiles, enfermos o ancianos.
Efectivamente, ¿qué dignidad existe cuando falta la posibilidad de expresar libremente el propio pensamiento o de profesar sin constricción la propia fe religiosa? ¿Qué dignidad es posible sin un marco jurídico claro, que limite el dominio de la fuerza y haga prevalecer la ley sobre la tiranía del poder? ¿Qué dignidad puede tener un hombre o una mujer cuando es objeto de todo tipo de discriminación? ¿Qué dignidad podrá encontrar una persona que no tiene qué comer o el mínimo necesario para vivir o, todavía peor, el trabajo que le otorga dignidad?
Promover la dignidad de la persona significa reconocer que posee derechos inalienables, de los cuales no puede ser privada arbitrariamente por nadie y, menos aún, en beneficio de intereses económicos.
Es necesario prestar atención para no caer en algunos errores que pueden nacer de una mala comprensión de los derechos humanos y de un paradójico mal uso de los mismos. Existe hoy, en efecto, la tendencia hacia una reivindicación siempre más amplia de los derechos individuales, que esconde una concepción de persona humana desligada de todo contexto social y antropológico, casi como una «mónada» (μονάς), cada vez más insensible a las otras «mónadas» de su alrededor. Parece que el concepto de derecho ya no se asocia al de deber, igualmente esencial y complementario, de modo que se afirman los derechos del individuo sin tener en cuenta que cada ser humano está unido a un contexto social, en el cual sus derechos y deberes están conectados a los de los demás y al bien común de la sociedad misma.
Considero por esto que es vital profundizar hoy en una cultura de los derechos humanos que pueda unir sabiamente la dimensión individual, o mejor, personal, con la del bien común, con ese «todos nosotros» formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. En efecto, si el derecho de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande, termina por concebirse sin limitaciones y, consecuentemente, se transforma en fuente de conflictos y de violencias.
Así, hablar de la dignidad trascendente del hombre, significa apelarse a su naturaleza, a su innata capacidad de distinguir el bien del mal, a esa «brújula» inscrita en nuestros corazones y que Dios ha impreso en el universo creado; significa sobre todo mirar al hombre no como un absoluto, sino como un ser relacional. Una de las enfermedades que veo más extendidas hoy en Europa es la soledad, propia de quien no tiene lazo alguno. Se ve particularmente en los ancianos, a menudo abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro; se ve igualmente en los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor.
Esta soledad se ha agudizado por la crisis económica, cuyos efectos perduran todavía con consecuencias dramáticas desde el punto de vista social. Se puede constatar que, en el curso de los últimos años, junto al proceso de ampliación de la Unión Europea, ha ido creciendo la desconfianza de los ciudadanos respecto a instituciones consideradas distantes, dedicadas a establecer reglas que se sienten lejanas de la sensibilidad de cada pueblo, e incluso dañinas.
Desde muchas partes se recibe una impresión general de cansancio y de envejecimiento, de una Europa anciana que ya no es fértil ni vivaz. Por lo que los grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones.
A eso se asocian algunos estilos de vida un tanto egoístas, caracterizados por una opulencia insostenible y a menudo indiferente respecto al mundo circunstante, y sobre todo a los más pobres. Se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica. El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, de modo que – lamentablemente lo percibimos a menudo –, cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo se la descarta sin tantos reparos, como en el caso de los enfermos terminales, de los ancianos abandonados y sin atenciones, o de los niños asesinados antes de nacer.
Este es el gran equívoco que se produce «cuando prevalece la absolutización de la técnica»,6 que termina por causar «una confusión entre los fines y los medios».7 Es el resultado inevitable de la «cultura del descarte» y del «consumismo exasperado». Al contrario, afirmar la dignidad de la persona significa reconocer el valor de la vida humana, que se nos da gratuitamente y, por eso, no puede ser objeto de intercambio o de comercio. Ustedes, en su vocación de parlamentarios, están llamados también a una gran misión, aunque pueda parecer inútil: Preocuparse de la fragilidad de los pueblos y de las personas. Cuidar la fragilidad quiere decir fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la «cultura del descarte». Cuidar de la fragilidad de las personas y de los pueblos significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante, y ser capaz de dotarlo de dignidad.
Por lo tanto, ¿cómo devolver la esperanza al futuro, de manera que, partiendo de las jóvenes generaciones, se encuentre la confianza para perseguir el gran ideal de una Europa unida y en paz, creativa y emprendedora, respetuosa de los derechos y consciente de los propios deberes?
Para responder a esta pregunta, permítanme recurrir a una imagen. Uno de los más célebres frescos de Rafael que se encuentra en el Vaticano representa la Escuela de Atenas. En el centro están Platón y Aristóteles. El primero con el dedo apunta hacia lo alto, hacia el mundo de las ideas, podríamos decir hacia el cielo; el segundo tiende la mano hacia delante, hacia el observador, hacia la tierra, la realidad concreta. Me parece una imagen que describe bien a Europa en su historia, hecha de un permanente encuentro entre el cielo y la tierra, donde el cielo indica la apertura a lo trascendente, a Dios, que ha caracterizado desde siempre al hombre europeo, y la tierra representa su capacidad práctica y concreta de afrontar las situaciones y los problemas.
El futuro de Europa depende del redescubrimiento del nexo vital e inseparable entre estos dos elementos. Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida es una Europa que corre el riesgo de perder lentamente la propia alma y también aquel «espíritu humanista» que, sin embargo, ama y defiende.
Precisamente a partir de la necesidad de una apertura a la trascendencia, deseo afirmar la centralidad de la persona humana, que de otro modo estaría en manos de las modas y poderes del momento. En este sentido, considero fundamental no sólo el patrimonio que el cristianismo ha dejado en el pasado para la formación cultural del continente, sino, sobre todo, la contribución que pretende dar hoy y en el futuro para su crecimiento. Dicha contribución no constituye un
peligro para la laicidad de los Estados y para la independencia de las instituciones de la Unión, sino que es un enriquecimiento. Nos lo indican los ideales que la han formado desde el principio, como son: la paz, la subsidiariedad, la solidaridad recíproca y un humanismo centrado sobre el respeto de la dignidad de la persona.
Por ello, quisiera renovar la disponibilidad de la Santa Sede y de la Iglesia Católica, a través de la Comisión de las Conferencias Episcopales Europeas (COMECE), para mantener un diálogo provechoso, abierto y trasparente con las instituciones de la Unión Europea. Estoy igualmente convencido de que una Europa capaz de apreciar las propias raíces religiosas, sabiendo aprovechar su riqueza y potencialidad, puede ser también más fácilmente inmune a tantos extremismos que se expanden en el mundo actual, también por el gran vacío en el ámbito de los ideales, como lo vemos en el así llamado Occidente, porque «es precisamente este olvido de Dios, en lugar de su glorificación, lo que engendra la violencia».
A este respecto, no podemos olvidar aquí las numerosas injusticias y persecuciones que sufren cotidianamente las minorías religiosas, y particularmente cristianas, en diversas partes del mundo. Comunidades y personas que son objeto de crueles violencias: expulsadas de sus propias casas y patrias; vendidas como esclavas; asesinadas, decapitadas, crucificadas y quemadas vivas, bajo el vergonzoso y cómplice silencio de tantos.
El lema de la Unión Europea es Unidad en la diversidad, pero la unidad no significa uniformidad política, económica, cultural, o de pensamiento. En realidad, toda auténtica unidad vive de la riqueza de la diversidad que la compone: como una familia, que está tanto más unida cuanto cada uno de sus miembros puede ser más plenamente sí mismo sin temor. En este sentido, considero que Europa es una familia de pueblos, que podrán sentir cercanas las instituciones de la Unión si estas saben conjugar sabiamente el anhelado ideal de la unidad, con la diversidad propia de cada uno, valorando todas las tradiciones; tomando conciencia de su historia y de sus raíces; liberándose de tantas manipulaciones y fobias. Poner en el centro la persona humana significa sobre todo dejar que muestre libremente el propio rostro y la propia creatividad, sea en el ámbito particular que como pueblo.
Por otra parte, las peculiaridades de cada uno constituyen una auténtica riqueza en la medida en que se ponen al servicio de todos. Es preciso recordar siempre la arquitectura propia de la Unión Europea, construida sobre los principios de solidaridad y subsidiariedad, de modo que prevalezca la ayuda mutua y se pueda caminar, animados por la confianza recíproca.
En esta dinámica de unidad-particularidad, se les plantea también, Señores y Señoras Eurodiputados, la exigencia de hacerse cargo de mantener viva la democracia de los pueblos de Europa. No se nos oculta que una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático, debilitando el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos entre sí. De esta manera se corre el riesgo de vivir en el reino de la idea, de la mera palabra, de la imagen, del sofisma… y se termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político. Mantener viva la democracia en Europa exige evitar tantas «maneras globalizantes» de diluir la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría.
Mantener viva la realidad de las democracias es un reto de este momento histórico, evitando que su fuerza real – fuerza política expresiva de los pueblos – sea desplazada ante las presiones de intereses multinacionales no universales, que las hacen más débiles y las trasforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos. Este es un reto que hoy la historia nos ofrece.
Dar esperanza a Europa no significa sólo reconocer la centralidad de la persona humana, sino que implica también favorecer sus cualidades. Se trata por eso de invertir en ella y en todos los ámbitos en los que sus talentos se forman y dan fruto. El primer ámbito es seguramente el de la educación, a partir de la familia, célula fundamental y elemento precioso de toda sociedad. La familia unida, fértil e indisoluble trae consigo los elementos fundamentales para dar esperanza al futuro. Sin esta solidez se acaba construyendo sobre arena, con graves consecuencias sociales. Por otra parte, subrayar la importancia de la familia, no sólo ayuda a dar prospectivas y esperanza a las nuevas generaciones, sino también a los numerosos ancianos, muchas veces obligados a vivir en condiciones de soledad y de abandono porque no existe el calor de un hogar familiar capaz de acompañarles y sostenerles.
Junto a la familia están las instituciones educativas: las escuelas y universidades. La educación no puede limitarse a ofrecer un conjunto de conocimientos técnicos, sino que debe favorecer un proceso más complejo de crecimiento de la persona humana en su totalidad. Los jóvenes de hoy piden poder tener una formación adecuada y completa para mirar al futuro con esperanza, y no con desilusión. Numerosas son las potencialidades creativas de Europa en varios campos de la investigación científica, algunos de los cuales no están explorados todavía completamente. Baste pensar, por ejemplo, en las fuentes alternativas de energía, cuyo desarrollo contribuiría mucho a la defensa del ambiente.
Europa ha estado siempre en primera línea de un loable compromiso en favor de la ecología. En efecto, esta tierra nuestra necesita de continuos cuidados y atenciones, y cada uno tiene una responsabilidad personal en la custodia de la creación, don precioso que Dios ha puesto en las manos de los hombres. Esto significa, por una parte, que la naturaleza está a nuestra disposición, podemos disfrutarla y hacer buen uso de ella; por otra parte, significa que no somos los dueños. Custodios, pero no dueños. Por eso la debemos amar y respetar. «Nosotros en cambio nos guiamos a menudo por la soberbia de dominar, de poseer, de manipular, de explotar; no la “custodiamos”, no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que hay que cuidar». Respetar el ambiente no significa sólo limitarse a evitar estropearlo, sino también utilizarlo para el bien. Pienso sobre todo en el sector agrícola, llamado a dar sustento y alimento al hombre. No se puede tolerar que millones de personas en el mundo mueran de hambre, mientras toneladas de restos de alimentos se desechan cada día de nuestras mesas. Además, el respeto por la naturaleza nos recuerda que el hombre mismo es parte fundamental de ella. Junto a una ecología ambiental, se necesita una ecología humana, hecha del respeto de la persona, que hoy he querido recordar dirigiéndome a ustedes.
El segundo ámbito en el que florecen los talentos de la persona humana es el trabajo. Es hora de favorecer las políticas de empleo, pero es necesario sobre todo volver a dar dignidad al trabajo, garantizando también las condiciones adecuadas para su desarrollo. Esto implica, por un lado, buscar nuevos modos para conjugar la flexibilidad del mercado con la necesaria estabilidad y seguridad de las perspectivas laborales, indispensables para el desarrollo humano de los trabajadores; por otro lado, significa favorecer un adecuado contexto social, que no apunte a la explotación de las personas, sino a garantizar, a través del trabajo, la posibilidad de construir una familia y de educar los hijos.
Es igualmente necesario afrontar juntos la cuestión migratoria. No se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio. En las barcazas que llegan cotidianamente a las costas europeas hay hombres y mujeres que necesitan acogida y ayuda. La ausencia de un apoyo recíproco dentro de la Unión Europea corre el riesgo de incentivar soluciones particularistas del problema, que no tienen en cuenta la dignidad humana de los inmigrantes,
favoreciendo el trabajo esclavo y continuas tensiones sociales. Europa será capaz de hacer frente a las problemáticas asociadas a la inmigración si es capaz de proponer con claridad su propia identidad cultural y poner en práctica legislaciones adecuadas que sean capaces de tutelar los derechos de los ciudadanos europeos y de garantizar al mismo tiempo la acogida a los inmigrantes; si es capaz de adoptar políticas correctas, valientes y concretas que ayuden a los países de origen en su desarrollo sociopolítico y a la superación de sus conflictos internos – causa principal de este fenómeno –, en lugar de políticas de interés, que aumentan y alimentan estos conflictos. Es necesario actuar sobre las causas y no solamente sobre los efectos.
Señor Presidente, Excelencias, Señoras y Señores Diputados:
Ser conscientes de la propia identidad es necesario también para dialogar en modo propositivo con los Estados que han solicitado entrar a formar parte de la Unión en el futuro. Pienso sobre todo en los del área balcánica, para los que el ingreso en la Unión Europea puede responder al ideal de paz en una región que ha sufrido mucho por los conflictos del pasado. Por último, la conciencia de la propia identidad es indispensable en las relaciones con los otros países vecinos, particularmente con aquellos de la cuenca mediterránea, muchos de los cuales sufren a causa de conflictos internos y por la presión del fundamentalismo religioso y del terrorismo internacional.
A ustedes, legisladores, les corresponde la tarea de custodiar y hacer crecer la identidad europea, de modo que los ciudadanos encuentren de nuevo la confianza en las instituciones de la Unión y en el proyecto de paz y de amistad en el que se fundamentan. Sabiendo que «cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva». Les exhorto, pues, a trabajar para que Europa redescubra su alma buena.
Un autor anónimo del s. II escribió que «los cristianos representan en el mundo lo que el alma al cuerpo». La función del alma es la de sostener el cuerpo, ser su conciencia y la memoria histórica. Y dos mil años de historia unen a Europa y al cristianismo. Una historia en la que no han faltado conflictos y errores, pero siempre animada por el deseo de construir para el bien. Lo vemos en la belleza de nuestras ciudades, y más aún, en la de múltiples obras de caridad y de edificación común que constelan el Continente. Esta historia, en gran parte, debe ser todavía escrita. Es nuestro presente y también nuestro futuro. Es nuestra identidad. Europa tiene una gran necesidad de redescubrir su rostro para crecer, según el espíritu de sus Padres fundadores, en la paz y en la concordia, porque ella misma no está todavía libre de conflictos.
Queridos Eurodiputados, ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana, de los valores inalienables; la Europa que abrace con valentía su pasado, y mire con confianza su futuro para vivir plenamente y con esperanza su presente. Ha llegado el momento de abandonar la idea de una Europa atemorizada y replegada sobre sí misma, para suscitar y promover una Europa protagonista, transmisora de ciencia, arte, música, valores humanos y también de fe. La Europa que contempla el cielo y persigue ideales; la Europa que mira, defiende y tutela al hombre; la Europa que camina sobre la tierra segura y firme, precioso punto de referencia para toda la humanidad.
Gracias.

Las Bienaventuranzas: el Cielo en la tierra

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Receta para la felicidadYa comenté en el anterior artículo que para llegar al Cielo debíamos purificarnos aquí en la tierra y que para ello Jesús nos dejó las Bienaventuranzas:
“Dichosos los pobres en el espíritu… Dichosos los que lloran… Dichosos los sufridos…Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia… Dichosos los misericordiosos… Dichosos los limpios de corazón… Dichosos los que trabajan por la paz… Dichosos los perseguidos por causa de la justicia… Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa”. (Evangelio según san Mateo 5, 1-12)
Los pobres de espíritu son aquellos que huyen de los caprichos y no dan más importancia al tener que al ser. Nuestra meta no debe ser obtener riquezas y amar los bienes terrenales, sino poner toda nuestra confianza en la Voluntad de Dios. “Son dichosos los que lloran y no evaden los problemas” mediante las quejas, la bebida… sino que se enfrentan a ellos. Esos problemas bien llevados y ofrecidos a Dios por amor, son una manera de poner escaleras hacia el Cielo.
Los sufridos son aquellos que soportan todas las contrariedades, las penas y las enfermedades sabiendo “sacar el bien que Dios permite de ese sufrimiento: no nos sobra ni nos falta ninguno de los sufrimientos que nos llegan”. Cada uno de ellos tiene su sentido y un bien que debemos descubrir. Los que se preocupan por el mal de los demás y tratan de solucionarlo y los que no se muestran fríos ante las desigualdades del prójimo, están purificando su corazón mediante ese deseo de justicia.
El limpio de corazón “es el que mira por el bien del otro y no preferentemente por el suyo”. Domina sus pasiones, se respeta a sí mismo y respeta a los demás.
Los que trabajan por la paz son aquellos que intentan que haya ambientes pacíficos en la familia, con los amigos… “Hace falta ceder tanto, perdonar y hacerse el tonto… desprendiéndose del propio yo”.
Los que son perseguidos son los que luchan por ir a contracorriente y hacer las cosas como se debe. “Y si el motivo de persecución tiene como causa Jesús, la dicha es evidente pues pone por delante de su propia persona a la persona de Cristo”.
Pues bien, como ya sabemos -y repito-: “quien sigue el camino de las Bienaventuranzas ya le es posible saborear el Cielo ya que recibe la paz de Cristo. La transformación, el Cielo… empieza en esta vida. El Cielo será una continuación. Podríamos decir que el Cielo lo alcanza en la otra vida quien ya lo alcanza en ésta”. Luego, ya que nuestro mayor deseo es ser santos y alcanzar el Cielo… ¿para qué esperar? ¡Empecemos a saborearlo!
Además, vivir las Bienaventuranzas te hará feliz aquí en la tierra también. A veces será duro y te costará pero no olvides lo que dijo Jesús: “Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.

Elena Cepeda @cepe95 Portavoz de fearless! Estudiante de 2º de Óptica en la UCM

Reflexiones en torno a “Dios en On” de José Pedro Manglano @manglano_org

Elena

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Elena, rezamos por ti
Elena, pide por nosotros

El Blog de Pablo H. Breijo

Elena ha abrazado a Dios. Le ha visto cara cara. Nada más y nada menos. Es lo que todos queremos pero no conocemos ni el día ni la hora. Yo no conocí a Elena. Sabía quién era pero no la conocía. Creo recordar que nunca intercambié una palabra con ella. Quizá nos dimos un saludo fugaz alguna vez que compartimos oración en alguna iglesia de mi ciudad, hicimos el mismo camino en alguna peregrinación o unimos nuestras voces alabando a Dios en más de una Misa.

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Esta mañana me acordé de ella. Hacía semanas que me habían dicho que estaba muy enferma, y de pascuas a Ramos -así somos algunos aspirantes a católicos- rezaba a Dios para que ella fuese fuerte en su enfermedad. Hoy al final de la tarde me llegó un mensaje que decía que Elena había fallecido. El texto iba acompañado de su foto.

Una imagen en la que…

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