Comenzar y recomenzar: “Tú no me miras con los ojos que yo me miro”

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Hasta hoy siempre me había desesperado cuando no salían las cosas como yo quería. Nos suele doler a todos ver cómo lo que te propusiste, lo que sabías que tenías que hacer, no sale. Es más, que incluso lo haces peor que antes. Empiezas a pensar que no sirves para esto, que te queda grande la vida  y, más aún, el reto de ser cristiano. Que no merece la pena luchar por lo crees, que el mundo está como está y que ya bastante haces. Millones de teorías te y me inundan la cabeza… y es tan fácil creértelas…
     Gracias a ti, Dios mío, mi propósito, mi vocación, es seguirte, conocerte, tratarte y amarte. Y por eso sé que tú no me miras con los ojos que yo me miro. Te tengo que dar las gracias porque cuando me miras –cuando Dios nos mira, a ti también- no ves el fracasado que  injustamente yo veo, no ves a alguien que hace mal las cosas, no ves a un miserable. Tú Señor ves todo lo contrario.
Ves a tu hijo pequeño poniendo todo su esfuerzo en un proyecto que va más allá de las miras humanas, ves a una chiquilla/o que va a salir adelante a pesar de sus miles de defectos, y sobre todo Señor –y por esto es por lo que hoy tú y yo le tenemos que dar las gracias- no te asustas de que falle, sino que coges mis miserias, mis bajezas, y las besas. No te asustas por ellas sino que me dices que, aún siendo pecador, me sigues queriendo, que volverías a dar la vida por mí –por ti- en la Cruz. Lo único que me pides es que si peco, si fallo, vuelva a ti corriendo y, lo que más me impresiona, me dices a mí: “cuando me das tus pecados, hijo mío, me das la alegría de ser tu Salvador”. Y en lugar de negarme tu confianza, renuevas mi vocación cristiana y me sigues eligiendo, a pesar de mis defectos, pidiéndome que luche todo lo que pueda y que me encomiende a ti cuando el vaso empiece a desbordarse y vea que no puedo más.
    Que injustos somos a veces con nosotros mismos. ¿Nunca te ha pasado? Que estúpida es la desesperación, pero hay que dar gracias a Dios porque todos los días nos da lecciones de esperanza.  Me dices, Jesús, que el artista no domina su instrumento sino después de muchos años de ejercicios repetidos con paciencia. Lógicamente, a veces somos muy “listos” y pensamos alcanzar el dominio de nosotros mismo de otra forma que no sea esa repetición de actos, e incluso pensamos que la dificultad nunca puede ir en aumento. Que siempre estaremos en la primera pantalla del Super Mario Bros. Y muchas veces, ese miedo a la dificultad o al cansancio de la lucha, es lo que nos lleva a un estado de “asqueamiento”.
 Tenemos que aprender que uno sólo se supera a sí mismo si lucha sin tregua y se apoya en unos buenos cimientos. Como es normal, el combate nos cansa. No se puede avanzar si no es superando siempre nuevas dificultades y siempre con Jesucristo de nuestra mano. Con Él cerca, recordaremos que nuestra naturaleza ama lo fácil y que, pese a todo, nuestra lucha tiene un sentido y que de verdad queremos ir avanzando, queremos mejorar.
    Tú me dirás, “yo claro que quisiera ser mejor…” Olvídate del condicional, los que triunfan en esto son aquellos que conjugan el verbo en presente. “Yo quiero”. Quiero los medios porque quiero el fin. Quiero siempre, incluso cuando los resultados sean insignificantes, nulos o contrarios tal vez. “Hace falta menos tiempo que valor para hacer un santo” anotaba una vez el Padre Olivaint en su diario de Ejercicios.
    Hoy quiero darte, tú también puedes hacerlo si quieres,  las gracias Señor que presides los cielos por recordarme que luchar por ser santo no es no caer nunca sino levantarse siempre. Que el cristiano siempre tiene necesidad de volver a empezar. Que Te duele más que desconfíe de Ti, de Tu capacidad de perdonarme, que el propio pecado, la metedura de pata. Y que todas estas batallitas diarias son muestras de mi –nuestra-  vocación cristiana porque el Señor no nos ha hecho santos ipso facto (en el acto, inmediatamente) sino que nos ha llamado a ser santos. Y la santidad se logra con Dios, con luchas y con tiempo. Recuérdalo, confía en Dios y sé paciente  porque, igual que el buen vino, las almas se mejoran con el tiempo.

Original en el “Blog de Circular”

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