Oración

Pescador de hombres

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Existe una canción que se llama “pescador de hombres”, que probablemente conozcas, y dice:
  pescador de hombres2      ¿Recuerdas aquel cartel norteamericano de reclutamiento que decía “I want you”? pues Jesús también te quiere en su equipo. Sin embargo, en aquel cartel norteamericano pedía ciertas aptitudes personales, ciertos mínimos (edad, altura, condiciones físicas…). Dios no pide nada, no pone requisitos mínimos “Tú has venido a la orilla, no has buscado ni a sabios ni a ricos, tan sólo quieres que yo te siga”. Sí, Jesús te quiere a ti en concreto. Con tus fallos, tus alegrías, tus tristezas, tus virtudes, tus defectos… no busca ni a sabios ni a ricos, sólo que tú le sigas. Para Él eres irremplazable. Incluso aunque a veces pensemos que somos un desastre, incluso cuando ni nosotros mismos nos aceptamos… Él sigue buscándote, sigue yendo a la orilla para salir a navegar contigo.

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El mensaje de la Iglesia es de valentía cristiana

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“Pedro y Juan piden al Señor que mire sus amenazas y conceda a sus siervos no escapar, sino proclamar con toda franqueza su Palabra. También hoy el mensaje de la Iglesia es el mensaje de la franqueza, de la valentía cristiana”. Esa valentía nos hará seguir hablando de Cristo como los apóstoles, que “del temor pasaron a la franqueza, a decir las cosas con libertad.”
 Hay que decir que “el verdadero protagonista es el Espíritu Santo, porque es el único capaz de darnos la gracia del valor para anunciar a Jesucristo.”
“Y esa valentía del anuncio es la que nos distingue del simple proselitismo. No hacemos publicidad para tener más socios”, los cristianos por mandato de amor llevamos a Cristo (que es el Camino, la Verdad y la Vida) a los demás.
“Cuando Jesús habla de nacer de nuevo, nos da a entender que es el Espíritu quien nos cambia, quien viene desde cualquier sitio, como el viento: sentimos su voz.” Que nos sugiere la Voluntad de Dios para nosotros,  lo  que conocemos comúnmente como “Conciencia”. “Y solo el Espíritu es capaz de cambiarnos de actitud, de cambiar la historia de nuestra vida, de cambiar nuestra pertenencia.”
“El camino del valor cristiano es una gracia que da el Espíritu Santo” por eso debemos “pedir la gracia de recibir al Espíritu para que nos dé el verdadero valor de anunciar a Jesucristo.”

Jesús García León @sitogleon   1º de Fisioterapia en la UAH.

Comentario a la homilía de la Misa en Santa Marta, Lunes 13 de abril

 

Sé el último en todo y el primero en el amor

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Manera de ser felizTe pasas el día tratando a gente: compañeros, amigos, familia… ¿Y te has dado cuenta de que en ese trato,  te estás jugando el poder acercarlos a Dios? Bien sabemos que para ello no basta únicamente con dar consejos, sino que importa nuestro ejemplo. Los demás reconocerán que somos discípulos de Cristo en el trato que tengamos con ellos y con el resto de personas.
Claramente, para ello no puedes ser una persona que se pase el día amargado, que no sonría, que sea borde… ¿Te atrae una persona así? ¿Te apetecería estar con ella? Evidentemente, así no atraerás a nadie y no podrás llevar a nadie a Dios. Muchas personas encontrarán a Dios en nuestro optimismo, en nuestra sonrisa, en nuestra amabilidad. “Quien no transmite alegría no sabrá contagiar a Cristo”. Para hacer un verdadero apostolado debemos tener siempre muy presente esta frase: “Antes de querer hacer santos a todos aquellos a quienes amamos, es necesario que les hagamos felices, pues nada prepara mejor al alma para la gracia como la alegría” (Ascética meditada).

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A Dios le importas

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Hablar con JesúsEstamos en Cuaresma: tiempo de oración y penitencia. Es un tiempo para que Dios nos hable en el corazón. ¡Qué mejor momento de escribir un artículo sobre la oración que a siete días de haber empezado este tiempo litúrgico!
Pues bien, hacer oración no es sentarse delante del Sagrario y oír el rollo que llevo en mi cabeza, mis movidas de la imaginación… Hacer oración es hablar con Dios y escucharle. “Jesús nos está esperando en el Sagrario y en el fondo del alma para hablar con nosotros”. Muchas veces tendemos a hacer saber a Dios lo que queremos en vez de conocer lo que Él quiere decirnos. Y este es el fruto más importante de la oración. Claramente también vamos a pedir pero sin olvidar que Él sabe mejor que tú lo que necesitas. Puede servirte ayudarte de un libro, pero lo importante es contarle a Jesús lo que llevas dentro con tus palabras, tanto lo bueno como lo malo.
Por lo tanto lo primero que debemos hacer es pararnos, parar los pensamientos de la cabeza, dejar de pensar en todo lo que tienes que hacer cuando acabes, en si tienes sueño, en si estás cansado… y pensar que estás delante de Dios, ponerte en presencia de Dios.
 “Un obstáculo enorme que nos impide rezar bien es saber que estamos manchados por dentro y el diablo nos tienta con la idea de que así no merece la pena acercarse a Dios, que Dios solo nos quiere cuando hacemos las cosas bien”. Pues esto no es así, no te dejes engañar. Esos momentos son en los que más necesitamos a Dios. Haz un acto de contrición, pídele perdón y continúa con tu rato de oración. Eso sí, no olvides confesarte cuanto antes.
Y ahora viene lo más difícil… ¿Cómo sé que Dios me habla? “Pues lo hace en el fondo del corazón”. “Esas buenas ideas, esos buenos deseos que se te ocurren mientras estás haciendo oración”, ¡es Dios hablándote! “Ese deseo de ser mejor, de querer ser más santo, de hacer más apostolado…” ¡es cosa de Dios, son palabras suyas!
“Una persona que desee ser amigo de Jesucristo, ha de proponerse orar con constancia”. Esos días que no apetezcan, que no sientas nada… ¡esos días también! “¿Nunca te ha pasado que te veías alejado de Dios, que te encontrabas vacío y sin fuerzas por dentro y has caído en la cuenta de que llevabas días sin sentarte a hablar con Jesucristo?”. Puede que el Señor esté permitiendo esa falta de sentimiento para que purifiques tu alma y aumentes la confianza en Él. Dios nos pone a prueba. En esos momentos, siéntate delante de Él y dile que le quieres; y si ves que Él no te dice nada, díselo tú. Poco a poco, tu corazón volverá a vibrar.
Sabrás que estás haciendo bien oración porque te hará mejor, te hará cambiar: “te hará más generoso cuando entrabas más egoísta, te hará más piadoso cuando entrabas más frío, te quitará el enfado que llevabas, te hará más fuerte cuando estás más débil, te hará más cariñoso, más apostólico, más constante, más trabajador, más confiado… Es así como Dios actúa en nosotros”.
Hacer oración es un don de Dios, una ayuda para nosotros, “es su Gracia que nos transforma, pero si tú no pones de tu parte, si tú no quieres, Él no puede…”. Jesús llama a nuestra puerta, pero somos nosotros los que tenemos el picaporte para poder abrírsela. No cambies el hacer oración por tu pereza, no le tengas miedo: escúchale. Ni la hagas de mala gana como si le estuvieses haciendo un favor a Él. “¡Que no, que lo que quiere Dios de ti es que seas el hombre más feliz del mundo! Ábrele el corazón de par en par y verás que felicidad la tuya”.

Elena Cepeda @cepe95 Estudiante de Óptica y Optometría en la UCM

Reflexión en tornos al libro “A Dios le importas” de Antonio Pérez Villahoz

Recordar el primer amor para no caer en la tibieza

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tibiezaNo ama en serio quien no recuerda los días del primer amor. Y un cristiano sin memoria de su primer encuentro con Jesús es una persona vacía, espiritualmente inerte, como suelen ser los tibios. Es lo que nos dice el comienzo de lectura de hoy, en la que el autor nos invita a recordar aquellos primeros días, en los que fuisteis—dice— iluminados por Cristo (cfr. Hb 10,32). El día del encuentro con Jesús no se puede olvidar nunca porque es el día de la gran alegría, de las ganas de hacer cosas grandes. Y, junto a la memoria, no podemos perder tampoco la valentía de los primeros tiempos y el entusiasmo y la franqueza, que nacen del recuerdo del primer amor.
La memoria es muy importante para recordar la gracia recibida, porque si perdemos el entusiasmo que proviene del primer amor, caemos en ese peligro tan grande para los cristianos: la tibieza. Los cristianos tibios: están ahí, quietos; sí, son cristianos, pero han perdido la memoria del primer amor. Y también han perdido el entusiasmo. Incluso han perdido la paciencia, no toleran las cosas de la vida con el espíritu del amor de Jesús; tolerar, llevar sobre los hombros las dificultades. ¡Los cristianos tibios pobrecillos están en grave peligro!
Cuando pienso en los cristianos tibios, me vienen a la cabeza dos imágenes tan expresivas como desagradables. La que evoca Pedro, del perro que vuelve a su vómito (2Pe 2,22), y la de Jesús, para quien hay personas que, al seguir el Evangelio, expulsan al demonio, pero cuando éste vuelve con más fuerza, le abren la puerta por no estar en guardia, y el demonio toma posesión de aquella casa (Mt, 12,45)  inicialmente limpia y aseada. Que es como decir volver al vómito de aquel mal en un primer tiempo rechazado. Sin embargo, el cristiano tiene dos parámetros: la memoria y la esperanza. Retener la memoria para no perder la experiencia tan hermosa del primer amor, que alimenta la esperanza. Muchas veces la esperanza puede parecer oscura, pero se sigue adelante. Cree y va a encontrar a Jesús,porque sabe que la esperanza no defrauda.
Estos dos parámetros son el marco en el que podemos conservar la salvación de los justos que viene del Señor. Una salvación, dice el Evangelio, que hay que proteger para que el pequeño grano de mostaza crezca y dé su fruto (cfr. Mc 4,32). Dan pena y hacen daño al corazón tantos cristianos a medias, tantos cristianos fracasados en el camino hacia el encuentro con Jesús, partiendo del encuentro con Jesús. Ese camino en el que han perdido la memoria del primer amor y la esperanza. Pidamos al Señor la gracia de proteger este regalo, el don de la salvación.

Papa Francisco. Homilía de la Misa en Santa Marta, Viernes, 30 de enero de 2015

Los Magos nos indican el camino que debemos recorrer en nuestra vida

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Ese Niño, nacido de la Virgen María en Belén, vino no sólo para el pueblo de Israel, representado en los pastores de Belén, sino también para toda la humanidad, representada hoy por los Magos de Oriente. Y precisamente hoy, la Iglesia nos invita a meditar y rezar sobre los Magos y su camino en busca del Mesías.
Estos Magos que vienen de Oriente son los primeros de esa gran procesión de la que habla el profeta Isaías en la primera lectura (cf. 60,1-6). Una procesión que desde entonces no se ha interrumpido jamás, y que en todas las épocas reconoce el mensaje de la estrella y encuentra el Niño que nos muestra la ternura de Dios. Siempre hay nuevas personas que son iluminadas por la luz de la estrella, que encuentran el camino y llegan hasta él.
Según la tradición, los Magos eran hombres sabios, estudiosos de los astros, escrutadores del cielo, en un contexto cultural y de creencias que atribuía a las estrellas un significado y un influjo sobre las vicisitudes humanas. Los Magos representan a los hombres y a las mujeres en busca de Dios en las religiones y filosofías del mundo entero, una búsqueda que no acaba nunca. Hombres y mujeres en búsqueda.
Los Magos nos indican el camino que debemos recorrer en nuestra vida. Ellos buscaban la Luz verdadera: «Lumen requirunt lumine», dice un himno litúrgico de la Epifanía, refiriéndose precisamente a la experiencia de los Magos; «Lumen requirunt lumine». Siguiendo una luz ellos buscan la luz. Iban en busca de Dios. Cuando vieron el signo de la estrella, lo interpretaron y se pusieron en camino, hicieron un largo viaje.
El Espíritu Santo es el que los llamó e impulsó a ponerse en camino, y en este camino tendrá lugar también su encuentro personalcon el Dios verdadero.
En su camino, los Magos encuentran muchas dificultades. Cuando llegan a Jerusalén van al palacio del rey, porque consideran algo natural que el nuevo rey nazca en el palacio real. Allí pierden de vista la estrella. Cuántas veces se pierde de vista la estrella. Y encuentran una tentación, puesta ahí por el diablo, es el engaño de Herodes. El rey Herodes muestra interés por el niño, pero no para adorarlo, sino para eliminarlo. Herodes es un hombre de poder, que sólo consigue ver en el otro a un rival. Y en el fondo, también considera a Dios como un rival, más aún, como el rival más peligroso. En el palacio los Magos atraviesan un momento de oscuridad, de desolación, que consiguen superar gracias a la moción del Espíritu Santo, que les habla mediante las profecías de la Sagrada Escritura. Éstas indican que el Mesías nacerá en Belén, la ciudad de David.
En este momento, retoman el camino y vuelven a ver la estrella. El evangelista apunta que experimentaron una «inmensa alegría» (Mt 2,10), una verdadera consolación. Llegados a Belén, encontraron «al niño con María, su madre» (Mt 2,11). Después de lo ocurrido en Jerusalén, ésta será para ellos la segunda gran tentación: rechazar esta pequeñez. Y sin embargo: «cayendo de rodillas lo adoraron», ofreciéndole sus dones preciosos y simbólicos. La gracia del Espíritu Santo es la que siempre los ayuda. Esta gracia que, mediante la estrella, los había llamado y guiado por el camino, ahora los introduce en el misterio. Esta estrella que les ha acompañado durante el camino los introduce en el misterio. Guiados por el Espíritu, reconocen que los criterios de Dios son muy distintos a los de los hombres, que Dios no se manifiesta en la potencia de este mundo, sino que nos habla en la humildad de su amor. El amor de Dios es grande, sí. El amor de Dios es potente, sí. Pero el amor de Dios es humilde, muy humilde. De ese modo, los Magos son modelos de conversión a la verdadera fe porque han dado más crédito a la bondad de Dios que al aparente esplendor del poder.
Imagen1Y ahora nos preguntamos: ¿Cuál es el misterio en el que Dios se esconde? ¿Dónde puedo encontrarlo? Vemos a nuestro alrededor guerras, explotación de los niños, torturas, tráfico de armas, trata de personas… Jesús está en todas estas realidades, en todos estos hermanos y hermanas más pequeños que sufren tales situaciones (cf. Mt 25, 40.45). El pesebre nos presenta un camino distinto al que anhela la mentalidad mundana. Es el camino del anonadamiento de Dios, de esa humildad del amor de Dios que se abaja, se anonada, de su gloria escondida en el pesebre de Belén, en la cruz del Calvario, en el hermano y en la hermana que sufren.
Los Magos han entrado en el misterio. Han pasado de los cálculos humanos al misterio, y éste es el camino de su conversión. ¿Y la nuestra? Pidamos al Señor que nos conceda vivir el mismo camino de conversión que vivieron los Magos. Que nos defienda y nos libre de las tentaciones que oscurecen la estrella. Que tengamos siempre la inquietud de preguntarnos, ¿dónde está la estrella?, cuando, en medio de los engaños mundanos, la hayamos perdido de vista. Que aprendamos a conocer siempre de nuevo el misterio de Dios, que no nos escandalicemos de la “señal”, de la indicación, de aquella señal anunciada por los ángeles: «un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12), y que tengamos la humildad de pedir a la Madre, a nuestra Madre, que nos lo muestre. Que encontremos el valor de liberarnos de nuestras ilusiones, de nuestras presunciones, de nuestras “luces”, y que busquemos este valor en la humildad de la fe y así encontremos la Luz, Lumen, como han hecho los santos Magos. Que podamos entrar en el misterio. Que así sea.

SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR. 

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO Basílica Vaticana  Martes 6 de enero de 2015

A las parejas de novios (Papa Francisco)

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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LA PAREJAS DE NOVIOS QUE SE PREPARAN PARA EL MATRIMONIO (Plaza de San Pedro,Viernes 14 de febrero de 2014)
1ª Pregunta: El miedo del «para siempre»: Santidad, son muchos los que hoy piensan que prometerse fidelidad para toda la vida sea una empresa demasiado difícil; muchos sienten que el desafío de vivir juntos para siempre es hermoso, fascinante, pero demasiado exigente, casi imposible. Le pedimos su palabra que nos ilumine sobre esto.
novios 3Agradezco el testimonio y la pregunta. Os explico: ellos me enviaron las preguntas con antelación. Se comprende. Así, yo pude reflexionar y pensar una respuesta un poco más sólida. Es importante preguntarse si es posible amarse «para siempre». Ésta es una pregunta que debemos hacer: ¿es posible amarse «para siempre»? Muchas personas hoy tienen miedo de hacer opciones definitivas. Un joven decía a su obispo: «Yo quiero llegar a ser sacerdote, pero sólo por diez años». Tenía miedo a una opción definitiva. Pero es un miedo general, propio de nuestra cultura. Hacer opciones para toda la vida, parece imposible. Hoy todo cambia rápidamente, nada dura largamente. Y esta mentalidad lleva a muchos que se preparan para el matrimonio a decir: «estamos juntos hasta que dura el amor», ¿y luego? Muchos saludos y nos vemos. Y así termina el matrimonio. ¿Pero qué entendemos por «amor»? ¿Sólo un sentimiento, un estado psicofísico? Cierto, si es esto, no se puede construir sobre ello algo sólido. Pero si en cambio el amor es una relación , entonces es una realidad que crece, y podemos incluso decir, a modo de ejemplo, que se construye como una casa. Y la casa se construye juntos, no solos. Construir significa aquí favorecer y ayudar el crecimiento. Queridos novios, vosotros os estáis preparando para crecer juntos, construir esta casa y vivir juntos para siempre. No queréis fundarla en la arena de los sentimientos que van y vienen, sino en la roca del amor auténtico, el amor que viene de Dios. La familia nace de este proyecto de amor que quiere crecer como se construye una casa, que sea espacio de afecto, de ayuda, de esperanza, de apoyo. Como el amor de Dios es estable y para siempre, así también el amor que construye la familia queremos que sea estable y para siempre. Por favor, no debemos dejarnos vencer por la «cultura de lo provisional». Esta cultura que hoy nos invade a todos, esta cultura de lo provisional. ¡Esto no funciona! Por lo tanto, ¿cómo se cura este miedo del «para siempre»? Se cura día a día, encomendándose al Señor Jesús en una vida que se convierte en un camino espiritual cotidiano, construido por pasos, pasos pequeños, pasos de crecimiento común, construido con el compromiso de llegar a ser mujeres y hombres maduros en la fe. Porque, queridos novios, el «para siempre» no es sólo una cuestión de duración. Un matrimonio no se realiza sólo si dura, sino que es importante su calidad. Estar juntos y saberse amar para siempre es el desafío de los esposos cristianos. Me viene a la mente el milagro de la multiplicación de los panes: también para vosotros el Señor puede multiplicar vuestro amor y donarlo a vosotros fresco y bueno cada día. ¡Tiene una reserva infinita de ese amor! Él os dona el amor que está en la base de vuestra unión y cada día lo renueva, lo refuerza. Y lo hace aún más grande cuando la familia crece con los hijos. En este camino es importante y necesaria la oración, siempre. Él para ella, ella para él y los dos juntos. Pedid a Jesús que multiplique vuestro amor. En la oración del Padrenuestro decimos: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Los esposos pueden aprender a rezar también así: «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día», porque el amor cotidiano de los esposos es el pan, el verdadero pan del alma, el que les sostiene para seguir adelante.Y la oración: ¿podemos ensayar para saber si sabemos recitarla? «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día». ¡Todos juntos! [novios: «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día»]. ¡Otra vez! [novios: «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día»]. Ésta es la oración de los novios y de los esposos. ¡Enséñanos a amarnos, a querernos! Cuanto más os encomendéis a Él, tanto más vuestro amor será «para siempre», capaz de renovarse, y vencerá toda dificultad. Esto pensé deciros, respondiendo a vuestra pregunta. ¡Gracias!
2ª Pregunta: Vivir juntos: el «estilo» de la vida matrimonial: Santidad, vivir juntos todos los días es hermoso, da alegría, sostiene. Pero es un desafío que hay que afrontar. Creemos que es necesario aprender a amarse. Hay un «estilo» de la vida de la pareja, una espiritualidad de lo cotidiano que queremos aprender. ¿Puede ayudarnos en esto, Padre Santo?
Vivir juntos es un arte, un camino paciente, hermoso y fascinante. No termina cuando os habéis conquistado el uno al otro… Es más, es precisamente entonces cuando inicia. Este camino de cada día tiene normas que se pueden resumir en estas tres palabras que tú has dicho, palabras que ya he repetido muchas veces a las familias, y que vosotros ya podéis aprender a usar entre vosotros: permiso, o sea, «puedo», tú dijiste gracias, y perdón .
«¿Puedo, permiso?». Es la petición gentil de poder entrar en la vida de otro con respeto y atención. Es necesario aprender a preguntar: ¿puedo hacer esto? ¿Te gusta si hacemos así, si tomamos esta iniciativa, si educamos así a los hijos? ¿Quieres que salgamos esta noche?… En definitiva, pedir permiso significa saber entrar con cortesía en la vida de los demás. Pero escuchad bien esto: saber entrar con cortesía en la vida de los demás. Y no es fácil, no es fácil. A veces, en cambio, se usan maneras un poco pesadas, como ciertas botas de montaña. El amor auténtico no se impone con dureza y agresividad. En las Florecillas de san Francisco se encuentra esta expresión: «Has de saber, hermano carísimo, que la cortesía es una de las propiedades de Dios… la cortesía es hermana de la caridad, que extingue el odio y fomenta el amor» (Cap. 37). Sí, la cortesía conserva el amor. Y hoy en nuestras familias, en nuestro mundo, a menudo violento y arrogante, hay necesidad de mucha más cortesía. Y esto puede comenzar en casa.
«Gracias» . Parece fácil pronunciar esta palabra, pero sabemos que no es así. ¡Pero es importante! La enseñamos a los niños, pero después la olvidamos. La gratitud es un sentimiento importante: ¿recordáis el Evangelio de Lucas? Una anciana, una vez, me decía en Buenos Aires: «la gratitud es una flor que crece en tierra noble». Es necesaria la nobleza del alma para que crezca esta flor. ¿Recordáis el Evangelio de Lucas? Jesús cura a diez enfermos de lepra y sólo uno regresa a decir gracias a Jesús. Y el Señor dice: y los otros nueve, ¿dónde están? Esto es válido también para nosotros: ¿sabemos agradecer? En vuestra relación, y mañana en la vida matrimonial, es importante tener viva la conciencia de que la otra persona es un don de Dios, y a los dones de Dios se dice ¡gracias!, siempre se da gracias. Y con esta actitud interior decirse gracias mutuamente, por cada cosa. No es una palabra gentil que se usa con los desconocidos, para ser educados. Es necesario saber decirse gracias, para seguir adelante bien y juntos en la vida matrimonial.
novios 1La tercera: «Perdón» . En la vida cometemos muchos errores, muchas equivocaciones. Los cometemos todos.Pero tal vez aquí hay alguien que jamás cometió un error. Levante la mano si hay alguien allí, una persona que jamás cometió un error. Todos cometemos errores. ¡Todos! Tal vez no hay un día en el que no cometemos algún error. La Biblia dice que el más justo peca siete veces al día. Y así cometemos errores… He aquí entonces la necesidad de usar esta sencilla palabra: «perdón». En general, cada uno de nosotros es propenso a acusar al otro y a justificarse a sí mismo. Esto comenzó con nuestro padre Adán, cuando Dios le preguntó: «Adán ¿tú has comido de aquel fruto? ». «¿Yo? ¡No! Es ella quien me lo dio». Acusar al otro para no decir «disculpa », «perdón». Es una historia antigua. Es un instinto que está en el origen de muchos desastres. Aprendamos a reconocer nuestros errores y a pedir perdón. «Perdona si hoy levanté la voz»; «perdona si pasé sin saludar»; «perdona si llegué tarde», «si esta semana estuve muy silencioso», «si hablé demasiado sin nunca escuchar»; «perdona si me olvidé»; «perdona, estaba enfadado y me la tomé contigo». Podemos decir muchos «perdón» al día. También así crece una familia cristiana. Todos sabemos que no existe la familia perfecta, y tampoco el marido perfecto, o la esposa perfecta. No hablemos de la suegra perfecta… Existimos nosotros, pecadores. Jesús, que nos conoce bien, nos enseña un secreto: no acabar jamás una jornada sin pedirse perdón, sin que la paz vuelva a nuestra casa, a nuestra familia. Es habitual reñir entre esposos, porque siempre hay algo, hemos reñido. Tal vez os habéis enfadado, tal vez voló un plato, pero por favor recordad esto: no terminar jamás una jornada sin hacer las paces. ¡Jamás, jamás, jamás! Esto es un secreto, un secreto para conservar el amor y para hacer las paces. No es necesario hacer un bello discurso. A veces un gesto así y… se crea la paz. Jamás acabar… porque si tú terminas el día sin hacer las paces, lo que tienes dentro, al día siguiente está frío y duro y es más difícil hacer las paces. Recordad bien: ¡no terminéis jamás el día sin hacer las paces! Si aprendemos a pedirnos perdón y a perdonarnos mutuamente, el matrimonio durará, irá adelante. Cuando vienen a las audiencias o a misa aquí a Santa Marta los esposos ancianos que celebran el 50° aniversario, les pregunto: «¿Quién soportó a quién?» ¡Es hermoso esto! Todos se miran, me miran, y me dicen: «¡Los dos!» Y esto es hermoso. Esto es un hermoso testimonio.
3ª Pregunta: El estilo de la celebración del Matrimonio: Santidad, en estos meses estamos haciendo muchos preparativos para nuestra boda. ¿Puede darnos algún consejo para celebrar bien nuestro matrimonio?
Haced todo de modo que sea una verdadera fiesta —porque el matrimonio es una fiesta—, una fiesta cristiana, no una fiesta mundana. El motivo más profundo de la alegría de ese día nos lo indica el Evangelio de Juan: ¿recordáis el milagro de las bodas de Caná? A un cierto punto faltó el vino y la fiesta parecía arruinada. Imaginad que termina la fiesta bebiendo té. No, no funciona. Sin vino no hay fiesta. Por sugerencia de María, en ese momento Jesús se revela por primera vez y hace un signo: transforma el agua en vino y, haciendo así, salva la fiesta de bodas. Lo que sucedió en Caná hace dos mil años, sucede en realidad en cada fiesta de bodas: lo que hará pleno y profundamente auténtico vuestro matrimonio será la presencia del Señor que se revela y dona su gracia. Es su presencia la que ofrece el «vino bueno», es Él el secreto de la alegría plena, la que calienta verdaderamente el corazón. Es la presencia de Jesús en esa fiesta. Que sea una hermosa fiesta, pero con Jesús. No con el espíritu del mundo, ¡no! Esto se percibe, cuando el Señor está allí.
Al mismo tiempo, sin embargo, es bueno que vuestro matrimonio sea sobrio y ponga de relieve lo que es verdaderamente importante. Algunos están más preocupados por los signos exteriores, por el banquete, las fotos, los vestidos y las flores… Son cosas importantes en una fiesta, pero sólo si son capaces de indicar el verdadero motivo de vuestra alegría: la bendición del Señor sobre vuestro amor. Haced lo posible para que, como el vino de Caná, los signos exteriores de vuestra fiesta revelen la presencia del Señor y os recuerden a vosotros y a todos los presentes el origen y el motivo de vuestra alegría.
Peronovios2 hay algo que tú has dicho y que quiero retomar al vuelo, porque no quiero dejarlo pasar. El matrimonio es también un trabajo de todos los días, podría decir un trabajo artesanal, un trabajo de orfebrería, porque el marido tiene la tarea de hacer más mujer a su esposa y la esposa tiene la tarea de hacer más hombre a su marido. Crecer también en humanidad, como hombre y como mujer. Y esto se hace entre vosotros. Esto se llama crecer juntos. Esto no viene del aire. El Señor lo bendice, pero viene de vuestras manos, de vuestras actitudes, del modo de vivir, del modo de amaros. ¡Hacernos crecer! Siempre hacer lo posible para que el otro crezca. Trabajar por ello. Y así, no lo sé, pienso en ti que un día irás por las calles de tu pueblo y la gente dirá: «Mira aquella hermosa mujer, ¡qué fuerte!…». «Con el marido que tiene, se comprende». Y también a ti: «Mira aquél, cómo es». «Con la esposa que tiene, se comprende». Es esto, llegar a esto: hacernos crecer juntos, el uno al otro. Y los hijos tendrán esta herencia de haber tenido un papá y una mamá que crecieron juntos, haciéndose —el uno al otro— más hombre y más mujer.
 

¿Qué narices nos pasa ahí, que nos transformamos en personas distintas?

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Llevo cuatro años yendo en verano al mismo sitio durante aproximadamente una semana y por ahora siempre he vuelto con ganas de volver. Si te digo que se trata de una residencia de la Madre Teresa de Calcuta en Faro, Portugal, donde se cuidan personas mayores y enfermas que ya nadie quiere, que no saben hablar español y que no huelen lo que se dice a rosas, lo primero que puedes pensar es que me he vuelto loca o que soy rara. Que por qué pierdo días de mis vacaciones en hacer camas, limpiar suelos y platos, dar de comer, tender ropa, entretener a viejecitos…
Lo cierto es que todos los años cuando se va acercando el día del viaje y toca confirmar quién va a ir esta vez, siempre me entra una pereza enorme y se apodera de mí un cansancio de no hacer nada que me hace plantearme si este año mejor no me quedo en casa y voy a las fiestas de Pozuelo, que siempre me las pierdo al coincidir con la fecha del viaje. Pero los ánimos de los que me rodean y una voz interna que me recuerda que el secreto de la felicidad está en darse a los demás y dejar de pensar todo el rato en uno mismo acaban por convencerme.
 Un largo viaje hasta la costa sur de Portugal de unas siete u ocho horas en coche ocupa prácticamente el primer día entero pero no se hace cansado. Es lo que hace que tus acompañantes sean personas alegres, ilusionadas y divertidas, ir con música puesta y cargados de mucha comida. Hay tiempo hasta para echarse una buena siesta después de la comida a base de bocadillos y patatas fritas en alguna gasolinera o bar del camino. Al llegar con suerte no se han acostado todavía los abuelitos, como les llamamos nosotros con cariño, y les pasamos a saludar. En general, dejamos las maletas, preparamos las dos salas que hacen de nuestras habitaciones, cocinamos la cena, nos duchamos, cenamos y a dormir. Hay que coger fuerzas para el día siguiente.
 A las siete en marcha, como la canción de “Enredados”. A esa hora nos levantamos y sustituyendo el pijama por ropa vieja y cómoda, nos vamos a las habitaciones de las señoras y ahí hacemos desde despertarlas, ayudarlas a levantarse, vestirlas, peinarlas hasta ayudarlas a desayunar o limpiar los platos, vasos y demás. Si hay algo que me gusta, es que, sin importar quien vaya, formamos un equipo y nos ayudamos mutuamente.
 Luego es la hora de nuestro desayuno y… cómo nos lo montamos de bien. Fruta, leche, galletas, yogures, gofres, nocilla… Desde luego hambre no pasamos. Y nos encanta conversar mientras comemos. Como tengo la suerte que siempre viene gente alegre y simpática, nos reímos mucho entre nosotros.
 Tras terminar, nos ponemos en marcha. Cada día hay algo que hacer: un suelo que barrer y fregar; ropa limpia mojada que tender o ropa seca que doblar; algo que ordenar; una montaña de pantalones y camisas que planchar; comida para todos que preparar con grandísimas cantidades (si hay que pelar manzanas, te tocan cien manzanas mínimo para pelar); preparar carteles… No hay tiempo para aburrirte. Los días parecen tener más horas que las habituales porque es imposible que cunda tanto, que hagamos tantísimas cosas.
A mi personalmente me ayuda mucho a seguir adelante hasta el final, aunque tenga un momento de bajón por cansancio, ver como los que me rodean, que normalmente son más pequeños que yo, ponen todo lo que son en lo que hacen, se esfuerzan y hacen todo lo que pueden con una sonrisa. ¿Pelearse por limpiar los cubiertos? ¿Pedir que te manden una tarea de manera voluntaria? ¿Qué narices nos pasa ahí, que nos transformamos en personas distintas?
 La clave está en las tardes, cuando después de seguir colaborando con todas las tareas ya mencionadas vamos a misa, rezamos el rosario y a veces incluso hacemos un rato de oración delante del Santísimo. Cogemos ahí la fuerza que no es la nuestra sino la Suya. También estar cerca de las hermanas, que hacen lo mismo que nosotras en una semana pero ellas durante todo el año, y verlas felices y el gran bien que hacen de manera gratuita, provoca que te entren ganas de ser mejor persona.
 Por mucha desgana que tuviera al inicio del viaje, a la marcha sé que volveré. Porque por unos días he dejado de dedicarme sólo a mí misma, he pensado también en los demás y he vuelto a encontrar el norte de mi vida, el por qué y para qué merece la pena vivir. Lo que quiero y lo que no quiero. Para mí no es sólo una obra de caridad, sino una pausa necesaria en mi vida para recordar quién quiero ser y cuál es el camino para llegar a ello.

Por Mónica

Los golpes como medio de santidad

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Sus planesLos golpes nos llegan a todos, a cada uno de una manera distinta. A veces esos “castillos” que construimos en nuestra vida con ilusión y esfuerzo (planes en el noviazgo, en el matrimonio, profesionales…) acaban derribamos por Dios mediante hechos o mandatos (enfermedades, celibato…).
Estos sucesos son para nosotros como muros con los que tropezamos. “Y tenemos dos opciones: ver la cara del sinsentido y de la resignación; o ver la cara clara y brillante. El cristianismo propone ante estas situaciones la lógica del amor”. No intentar llevarlo a nuestro entendimiento, sino llevarlo al amor.
A veces parece que cuando se dice esto es para huir o consolar al que está pasando por esta situación. ¿Cómo puede ser que si Dios me quiere tanto y es mi Padre… permita que me pasen estas cosas? “Aplicamos nuestros esquemas humanos, y no nos cuadra que Dios pueda ser bueno y que nos pase lo que nos pasa. No nos damos cuenta de que ahí está el error: lo entendemos a lo humano, y fuera de la relación de amor entre Dios y cada uno de nosotros”. Estas situaciones no se pueden entender porque son cosas del Amor.
GanarásEl Amor, Dios, quiere que cambiemos la mentalidad y amemos a Jesús, que seamos discípulo suyo; y para ello dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierde su vida por mí, la encontrará” (Mateo 16,24-27). Debemos enfrentarnos a uno mismo, es decir, desprenderme del yo y poner a Dios por encima del propio yo: “Jesucristo, nuevo centro de mi existencia y de mi intimidad”. Estamos hechos para amar: amar a Dios lo primero, y desde ahí amar a los demás; a las personas más cercanas e incluso a los desconocidos y enemigos.
Cuando a Dios le parece el mejor camino, tira nuestro castillo. Lo mismo hizo con su Hijo. Los planes de Jesús eran que le reconociesen como Mesías, que acogiésemos la verdad que nos traía. En cambio, esto no ocurrió así: le rechazaron, fue juzgado por farsante, se burlaron de Él, fue traicionado por uno de sus apóstoles y, finalmente, fue clavado en una cruz entre dos delincuentes. “Pero triunfa el amor ya que todo esto lo hace libremente por nosotros y por nuestra salvación”. Así fue el camino del Hijo de Dios; y nosotros, como seguidores suyos, debemos recorrer el mismo camino. “El cristiano es el que reproduce la vida del Maestro”.
“Cuando uno dice: quiero ser cristiano -santo, que es lo mismo-, debe ser consciente de que está llamado a aceptar todo lo que Dios permita”. Participar en la Misa con Cristo es decir: ¡Hágase tu Voluntad! ¡Acepto todos tus planes y te dejo que sigas con ellos!
Mejor elecciónEn la Misa rememoramos el sacrifico de Jesucristo. Cuando asistimos a la Eucaristía, tomamos parte de este sacrificio sumándonos a él: “tenemos nuestra vida y queremos despojarnos del yo para entregárselo al Padre renunciando a poseernos. Que nos posea totalmente el Padre. Eso es sacrificarnos”. Ese despojamiento son los castillos que Dios tira: despréndete de ti, solo ama. Siguiendo su camino y dejándonos guiar por Él, obtendremos la paz de Cristo y la felicidad; pues nadie nos quiere más ni sabe mejor que Él qué es lo que mejor nos viene a cada uno en cada momento. Tarde o temprano, nos daremos cuenta de que eso que Dios quería para ti, era lo mejor y te dará la gracia y la fuerza necesaria para llevarlo a cabo.
“Ser cristiano, afán de ser de Cristo, ilusión por ser santo… es afán por dejar de hacer a Dios”. Ese es el ideal cristiano.
Para acabar, un gran ejemplo de vida de santidad: San Josemaría vivió desde muy temprana edad golpes como la muerte de sus hermanas y el quiebro del negocio de su padre. Pero esta temprana e intensa experiencia de sufrimiento no le hizo dudar y alejarse de Dios, “sino que quiso conocer más a Dios, entrar en su misterio por la puerta del dolor; este descubrimiento le  llevo hasta la santidad”. Recordemos que el dolor llevado con sentido cristiano es un gran medio de santidad. Y ser santo es lo importante, ¿no?.
¡Hagamos nosotros lo mismo! Que esos golpes nos lleven a unirnos a Dios, a conocerle y a quererle más. Pidamos a la Virgen que nos ayude a tener la misma confianza que Ella tuvo y que nos dejemos guiar por la Providencia de Dios. No olvidemos que esto no será posible sin la oración.

Elena Cepeda @cepe95 Portavoz de fearless! Estudiante de 2º de Óptica en la UCM

Reflexiones en torno a “Dios en On” de José Pedro Manglano @manglano_org

Las Bienaventuranzas: el Cielo en la tierra

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Receta para la felicidadYa comenté en el anterior artículo que para llegar al Cielo debíamos purificarnos aquí en la tierra y que para ello Jesús nos dejó las Bienaventuranzas:
“Dichosos los pobres en el espíritu… Dichosos los que lloran… Dichosos los sufridos…Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia… Dichosos los misericordiosos… Dichosos los limpios de corazón… Dichosos los que trabajan por la paz… Dichosos los perseguidos por causa de la justicia… Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa”. (Evangelio según san Mateo 5, 1-12)
Los pobres de espíritu son aquellos que huyen de los caprichos y no dan más importancia al tener que al ser. Nuestra meta no debe ser obtener riquezas y amar los bienes terrenales, sino poner toda nuestra confianza en la Voluntad de Dios. “Son dichosos los que lloran y no evaden los problemas” mediante las quejas, la bebida… sino que se enfrentan a ellos. Esos problemas bien llevados y ofrecidos a Dios por amor, son una manera de poner escaleras hacia el Cielo.
Los sufridos son aquellos que soportan todas las contrariedades, las penas y las enfermedades sabiendo “sacar el bien que Dios permite de ese sufrimiento: no nos sobra ni nos falta ninguno de los sufrimientos que nos llegan”. Cada uno de ellos tiene su sentido y un bien que debemos descubrir. Los que se preocupan por el mal de los demás y tratan de solucionarlo y los que no se muestran fríos ante las desigualdades del prójimo, están purificando su corazón mediante ese deseo de justicia.
El limpio de corazón “es el que mira por el bien del otro y no preferentemente por el suyo”. Domina sus pasiones, se respeta a sí mismo y respeta a los demás.
Los que trabajan por la paz son aquellos que intentan que haya ambientes pacíficos en la familia, con los amigos… “Hace falta ceder tanto, perdonar y hacerse el tonto… desprendiéndose del propio yo”.
Los que son perseguidos son los que luchan por ir a contracorriente y hacer las cosas como se debe. “Y si el motivo de persecución tiene como causa Jesús, la dicha es evidente pues pone por delante de su propia persona a la persona de Cristo”.
Pues bien, como ya sabemos -y repito-: “quien sigue el camino de las Bienaventuranzas ya le es posible saborear el Cielo ya que recibe la paz de Cristo. La transformación, el Cielo… empieza en esta vida. El Cielo será una continuación. Podríamos decir que el Cielo lo alcanza en la otra vida quien ya lo alcanza en ésta”. Luego, ya que nuestro mayor deseo es ser santos y alcanzar el Cielo… ¿para qué esperar? ¡Empecemos a saborearlo!
Además, vivir las Bienaventuranzas te hará feliz aquí en la tierra también. A veces será duro y te costará pero no olvides lo que dijo Jesús: “Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.

Elena Cepeda @cepe95 Portavoz de fearless! Estudiante de 2º de Óptica en la UCM

Reflexiones en torno a “Dios en On” de José Pedro Manglano @manglano_org