“El cielo” según C.S. Lewis

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Hoy nos avergonzamos mucho aun sólo de mencionar el cielo. Le tenemos miedo a la burla acerca de los “castillos en el cielo” y a que se nos diga que estamos tratando de “escaparnos” del deber de hacer un mundo feliz aquí y ahora, con sueños de un mundo feliz en otro lugar. Pero, o hay “castillos en el cielo”, o no los hay. Si no los hay, entonces el cristianismo es falso, ya que esta doctrina es parte de todo su tejido. Si los hay, entonces, esta verdad, al igual que toda otra, debe ser enfrentada, sea útil o no en reuniones políticas.

Además, tememos que el cielo sea un soborno, y que si lo convertimos en nuestra meta ya no seremos desinteresados. Esto no es así. El cielo no ofrece nada que un alma “mercenaria” pueda desear. Decir a los puros de corazón que ellos verán a Dios, es algo seguro, ya que solamente los puros de corazón lo desean. Éstas son recompensas que no mancillan los motivos. El amor de un hombre por una mujer no es mercenario porque quiera casarse con ella, tampoco es mercenario su amor por la poesía porque desee leerla, ni su amor por el ejercicio es menos desinteresado porque quiera correr, saltar y caminar. El amor, por definición, busca gozar de su objeto.
Se puede pensar que existe otra razón para nuestro silencio acerca del cielo: que no lo deseamos realmente. Pero eso puede ser una ilusión. Lo que ahora voy a decir es meramente una opinión personal sin la menor autoridad, y la someto al juicio de mejores cristianos y mejores eruditos que yo. Ha habido momentos en que creo que no deseamos el cielo; pero con mayor frecuencia me encuentro pensando si acaso, en lo más profundo de nuestros corazones, hemos alguna vez deseado otra cosa.
Usted podrá haber notado que los libros que ama verdaderamente están unidos por un hilo secreto. Usted sabe muy bien cuál es la cualidad común que hace que usted los ame, a pesar de que no puede ponerlo en palabras; pero la mayoría de sus amigos no lo ve en absoluto, y a menudo se preguntan cómo, gustándole éste, también le gusta ese otro.
También, usted se ha parado frente a un paisaje, que parece encarnar aquello que ha estado buscando durante toda su vida, y entonces se ha vuelto hacia el amigo que está a su lado, quien pareciera estar viendo lo que usted vio; pero al decir las primeras palabras un abismo se abre entre ustedes, y se da cuenta de que este paisaje significa algo totalmente diferente para él, que está buscando una visión distinta y que no le importa la inefable sugerencia que a usted le ha transportado.
Incluso en sus pasatiempos favoritos, ¿no ha habido siempre una atracción secreta que los demás curiosamente ignoran, algo que está siempre al borde de revelarse a través de, pero que no debe ser identificado con? ¿el aroma de la leña cortada en el taller o el golpeteo del agua contra el costado del bote? ¿No nacen todas las amistades perdurables en el momento en que finalmente usted encuentra otro ser humano que tiene cierta vaga noción (pero tenue e incierta incluso en el mejor de los casos) de ese algo que usted nació deseando, y que, bajo el flujo de otros deseos en todos los silencios momentáneos entre las más fuertes pasiones, noche y día, año tras año, desde la infancia hasta la vejez, usted está buscando, está esperando, está atento a? Usted jamás lo ha tenido. Todas las cosas que alguna vez han poseído su alma profundamente, han sido solamente insinuaciones: vistazos tentadores, promesas nunca completamente realizadas, ecos que murieron al llegar al oído. Pero si se llegara a manifestar realmente —si alguna vez llegara un eco que no muriese, sino que se hinchara del sonido mismo— usted lo sabría. Sin lugar a dudas diría, aquí está el “objeto para el cual fui hecho”. No nos podemos contar uno a otro acerca de ello. Es la firma secreta de cada alma, el anhelo incomunicable e inapaciguable, el objeto que deseábamos antes de conocer a nuestras esposas, o hacernos de amigos, o elegir nuestro trabajo, y que aun desearemos en nuestro lecho de muerte, cuando la muerte ya no sepa de esposa, o amigo, o trabajo. Mientras existamos, esto es así. Si perdemos esto, perdemos todo.
Esta firma en cada alma puede ser un producto de herencia y medio ambiente, pero eso solamente significa que la herencia y el medio ambiente se encuentran entre los instrumentos mediante los cuales Dios crea un alma. Me estoy refiriendo a cómo, no a por qué, Él hace a cada alma única. Si Él no tuviera ocasión de emplear todas estas diferencias, no veo por qué habría de haber creado más almas que una sola. Tenga por seguro que los pormenores de su individualidad no son misterios para Él, y un día ya no serán misterio para usted. El molde con el cual se hace una llave sería una cosa extraña, si usted jamás hubiera visto una llave; y la llave misma sería una cosa extraña, si usted jamás hubiera visto una cerradura. Su alma tiene una forma curiosa, porque es un hueco hecho para calzar con una determinada protuberancia de los contornos infinitos de la substancia divina, o una llave para abrir una de las puertas en la casa de muchas moradas. Porque, no es la humanidad en abstracto la que ha de ser salvada, sino usted, usted, el lector individual, Juan Pérez o María González.
Todo lo que usted es, aparte de los pecados, está destinado, si usted permite a Dios hacer el bien que quiere, a una completa satisfacción. Dios le parecerá a cada alma como su primer amor, porque Él es su primer amor. Su lugar en el cielo parecerá estar hecho para usted, y sólo para usted, porque usted fue hecho para Él: hecho para Él, puntada a puntada, como un guante a la mano.
Es desde este punto de vista que podemos entender el infierno en su aspecto de privación. Durante toda su vida, un éxtasis inalcanzable ha rondado apenas más allá del alcance de su conciencia. Llegará el día en que se despertará para encontrar, más allá de toda esperanza, que lo ha alcanzado, o de lo contrario, que estaba a su alcance y que lo perdió para siempre.
Se dice que en el cielo no existe posesión. Si cualquiera allí se encarga de llamar algo suyo, inmediatamente sería lanzado al infierno y se convertiría en un espíritu maligno. Pero también se dice, “al que venciere darele yo un maná recóndito, y le daré una piedrecita blanca; en la piedrecita esculpido un nombre nuevo, que nadie sabe, sino aquel que lo recibe”. ¿Qué puede ser más de un hombre que este nuevo nombre que, incluso en la eternidad, se mantiene secreto entre Dios y él?, ¿y qué puede significar este secreto? Con toda seguridad, que cada uno de los redimidos conocerá y alabará por siempre algún aspecto de la belleza divina, mejor de lo que puede hacerlo cualquier otra creatura. ¿Para qué fueron creados los individuos sino para que Dios, amando a todos infinitamente, amara a cada uno en forma diferente? Y esta diferencia colma de significado el amor que todas las creaturas bienaventuradas sienten entre sí, la comunión de los santos. Si todos experimentaran a Dios de la misma manera y le devolvieran una adoración idéntica, el canto de la Iglesia triunfante no tendría sinfonía, sería como una orquesta en la cual todos los instrumentos tocaran la misma nota.
Aristóteles nos ha dicho que una ciudad es una unidad de diferentes, y San Pablo, que un cuerpo es una unidad de miembros diferentes. El cielo es una ciudad y un cuerpo, porque los bienaventurados permanecen eternamente diferentes; es una sociedad, porque cada uno tiene algo que decir a los demás: noticias siempre nuevas de “mi Dios” al que todos encuentran en Él, al que todos alaban como “nuestro Dios”. Ya que el intento continuamente exitoso, aun cuando jamás completado, de cada alma de comunicar su visión única a todos los demás (y eso mediante medios de los que el arte terrenal y la filosofía son sólo torpes imitaciones) está también entre los fines para los cuales el individuo fue creado.
La diferenciación eterna de cada alma —el secreto que hace de la unión entre cada alma y Dios una especie en sí—jamás revocará la ley que prohíbe “poseer” en el cielo. Con respecto a sus semejantes, cada alma, suponemos, estará eternamente abocada a entregar a todos los demás aquello que recibe. Y con respecto a Dios, debemos recordar que el alma no es más que un hueco que llena Dios. Su unión con Dios es, casi por definición, un continuo abandono de sí —un abrirse, un descubrirse, una entrega de sí.

Extracto modificado de “El problema del dolor”, de C. S. Lewis

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