¿Qué narices nos pasa ahí, que nos transformamos en personas distintas?

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Llevo cuatro años yendo en verano al mismo sitio durante aproximadamente una semana y por ahora siempre he vuelto con ganas de volver. Si te digo que se trata de una residencia de la Madre Teresa de Calcuta en Faro, Portugal, donde se cuidan personas mayores y enfermas que ya nadie quiere, que no saben hablar español y que no huelen lo que se dice a rosas, lo primero que puedes pensar es que me he vuelto loca o que soy rara. Que por qué pierdo días de mis vacaciones en hacer camas, limpiar suelos y platos, dar de comer, tender ropa, entretener a viejecitos…
Lo cierto es que todos los años cuando se va acercando el día del viaje y toca confirmar quién va a ir esta vez, siempre me entra una pereza enorme y se apodera de mí un cansancio de no hacer nada que me hace plantearme si este año mejor no me quedo en casa y voy a las fiestas de Pozuelo, que siempre me las pierdo al coincidir con la fecha del viaje. Pero los ánimos de los que me rodean y una voz interna que me recuerda que el secreto de la felicidad está en darse a los demás y dejar de pensar todo el rato en uno mismo acaban por convencerme.
 Un largo viaje hasta la costa sur de Portugal de unas siete u ocho horas en coche ocupa prácticamente el primer día entero pero no se hace cansado. Es lo que hace que tus acompañantes sean personas alegres, ilusionadas y divertidas, ir con música puesta y cargados de mucha comida. Hay tiempo hasta para echarse una buena siesta después de la comida a base de bocadillos y patatas fritas en alguna gasolinera o bar del camino. Al llegar con suerte no se han acostado todavía los abuelitos, como les llamamos nosotros con cariño, y les pasamos a saludar. En general, dejamos las maletas, preparamos las dos salas que hacen de nuestras habitaciones, cocinamos la cena, nos duchamos, cenamos y a dormir. Hay que coger fuerzas para el día siguiente.
 A las siete en marcha, como la canción de “Enredados”. A esa hora nos levantamos y sustituyendo el pijama por ropa vieja y cómoda, nos vamos a las habitaciones de las señoras y ahí hacemos desde despertarlas, ayudarlas a levantarse, vestirlas, peinarlas hasta ayudarlas a desayunar o limpiar los platos, vasos y demás. Si hay algo que me gusta, es que, sin importar quien vaya, formamos un equipo y nos ayudamos mutuamente.
 Luego es la hora de nuestro desayuno y… cómo nos lo montamos de bien. Fruta, leche, galletas, yogures, gofres, nocilla… Desde luego hambre no pasamos. Y nos encanta conversar mientras comemos. Como tengo la suerte que siempre viene gente alegre y simpática, nos reímos mucho entre nosotros.
 Tras terminar, nos ponemos en marcha. Cada día hay algo que hacer: un suelo que barrer y fregar; ropa limpia mojada que tender o ropa seca que doblar; algo que ordenar; una montaña de pantalones y camisas que planchar; comida para todos que preparar con grandísimas cantidades (si hay que pelar manzanas, te tocan cien manzanas mínimo para pelar); preparar carteles… No hay tiempo para aburrirte. Los días parecen tener más horas que las habituales porque es imposible que cunda tanto, que hagamos tantísimas cosas.
A mi personalmente me ayuda mucho a seguir adelante hasta el final, aunque tenga un momento de bajón por cansancio, ver como los que me rodean, que normalmente son más pequeños que yo, ponen todo lo que son en lo que hacen, se esfuerzan y hacen todo lo que pueden con una sonrisa. ¿Pelearse por limpiar los cubiertos? ¿Pedir que te manden una tarea de manera voluntaria? ¿Qué narices nos pasa ahí, que nos transformamos en personas distintas?
 La clave está en las tardes, cuando después de seguir colaborando con todas las tareas ya mencionadas vamos a misa, rezamos el rosario y a veces incluso hacemos un rato de oración delante del Santísimo. Cogemos ahí la fuerza que no es la nuestra sino la Suya. También estar cerca de las hermanas, que hacen lo mismo que nosotras en una semana pero ellas durante todo el año, y verlas felices y el gran bien que hacen de manera gratuita, provoca que te entren ganas de ser mejor persona.
 Por mucha desgana que tuviera al inicio del viaje, a la marcha sé que volveré. Porque por unos días he dejado de dedicarme sólo a mí misma, he pensado también en los demás y he vuelto a encontrar el norte de mi vida, el por qué y para qué merece la pena vivir. Lo que quiero y lo que no quiero. Para mí no es sólo una obra de caridad, sino una pausa necesaria en mi vida para recordar quién quiero ser y cuál es el camino para llegar a ello.

Por Mónica

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Un comentario sobre “¿Qué narices nos pasa ahí, que nos transformamos en personas distintas?

    Rocío Miralles escribió:
    16 diciembre, 2014 en 10:28

    Mónica, gracias. Hace poco escribía que no me gustaba eso de rellenar el CV con experiencias de voluntariado de este tipo. En tu caso es diferente, porque he leído cómo las vives y que las has incorporado a tu vida, a pesar de echar de menos las fiestas de Pozuelo (eso dice mucho de ti). Me ha encantado leerte, has desprendido la alegría de servir y la fuerza y paz que te da Él, Jesús, para seguir por ese camino sin importar lo que piense la gente, lo que te dicte la sociedad y el hombre viejo que todos tenemos. ¡Enhorabuena y gracias otra vez por tu ejemplo!

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