Día: 25 agosto, 2014

MANIFIESTO DE JURISTAS ANTE LA REFORMA DE LA REGULACIÓN DEL ABORTO

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MANIFIESTO DE JURISTAS ANTE LA REFORMA DE LA REGULACIÓN DEL ABORTO
Por un debate abierto y la reflexión sobre la tutela de los derechos fundamentales
Los abajo firmantes, desde nuestra condición de juristas, consideramos que la discusión del Anteproyecto de Ley Orgánica de Protección de la Vida del Concebido y de los Derechos de la Mujer Embarazada ofrece una oportunidad única para plantear abiertamente en nuestro país la obligación que tiedechone el Estado de tutelar los derechos fundamentales.En este sentido, expresamos nuestra voluntad de contribuir a ese debate, poniendo de manifiesto que toda regulación del drama del aborto debe tener en cuenta los siguientes criterios:
1.- El concebido es un ser individual, distinto de la madre aunque alojado en el seno de ésta, como señaló el Tribunal Constitucional en su Sentencia 53/1985, que está protegido por el art. 15 de la Constitución en todas las etapas de su desarrollo, de manera que el Estado debe establecer un sistema de normas -incluidas las penales- que tutelen la vida del concebido y no nacido.
2.- Según lo anterior, el aborto no es una cuestión exclusivamente privada, sino que presenta una indudable dimensión social, en la medida en que está en juego la protección que la comunidad política brinda a la vida humana, también en la fase prenatal. La dignidad humana constituye en todo momento un valor ético y jurídico irrenunciable que debe ser protegida.
3.- De acuerdo con la doctrina constitucional y la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos el aborto no es un derecho de la mujer. Del derecho al respeto de la vida privada y familiar, reconocido en el Convenio de Roma, no deriva un presunto derecho a abortar. El propio Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha señalado que “el derecho a la vida privada de la mujer debe ser ponderado con otros derechos en conflicto, incluyendo los derechos del niño no nacido”, siendo los Estados libres de proporcionar el más elevado grado de protección a la vida del concebido.
4.- La doctrina del Tribunal Constitucional obliga al Estado a establecer un sistema legal para la defensa y protección efectiva del no nacido, señalando que en determinadas ocasiones el Estado puede renunciar a la protección por vía penal. Se trata de supuestos de ponderación de derechos, entre los de la mujer y el concebido, en los que el legislador puede despenalizar una conducta y sustituir la protección penal del no nacido por otro tipo de protección. La exención de la responsabilidad penal del aborto en ciertos casos no implica que deje de ser una conducta antijurídica, pues el derecho a la vida y su protección no puede tener excepciones.
5.- En el caso de la no punibilidad del aborto ante el supuesto de grave riesgo para la vida o salud de la mujer embarazada, resulta exigible la acreditación fehaciente de ese hecho dada la trascendencia de tal acreditación: suprimir la protección penal de un bien jurídico amparado directamente por la Constitución, la vida del concebido. Las medidas que el Estado establezca para la comprobación de la existencia de un grave conflicto con dichos bienes o valores de la mujer constitucionalmente protegidos y no resoluble de otra forma, como exigió el Tribunal Constitucional en su sentencia 53/1985, han de garantizar el examen riguroso de los hechos y valoraciones justificables.
6.- Dicho lo anterior, subsiste siempre el deber de protección por parte del Estado. Esta obligación debe, en todo caso, ser cumplida por medio de una adecuada protección social de la maternidad, apoyando a la mujer embarazada en el proceso y facilitándole información sobre las ayudas públicas y privadas a las que tiene derecho en sus circunstancias concretas, así como de las consecuencias de tipo médico actuales y futuras del aborto.
7.- Si bien el Estado puede renunciar en determinados supuestos a la sanción penal de quien realiza un aborto, según nuestro Tribunal Constitucional, no puede lícitamente exigir a nadie que colabore en esa práctica. Para cumplir las disposiciones constitucionales, toda regulación del fenómeno del aborto debe respetar la objeción de conciencia de los profesionales sanitarios, quienes no deben sufrir ningún inconveniente en su desarrollo profesional por seguir los dictados de su conciencia y negarse a eliminar una vida humana.
En virtud de lo anterior, consideramos que la discusión del Anteproyecto de Ley Orgánica de Protección de la Vida del Concebido y de los Derechos de la Mujer Embarazada constituye una gran ocasión para que nuestra sociedad avance en el plano ético y social, progresando en el respeto de los derechos fundamentales, presupuesto para la legitimidad del orden político y la paz social.
Si estás de acuerdo difúndelo y firma el manifiesto.

La libertad del cristiano (y III) por @EmilioChuvieco

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Si Dios quiso correr el riesgo de nuestra libertad, aun costándole su propia vida, es obvio que Dios quiere que le tratemos libremente, quiere contar con nuestras pequeñas fuerzas para agradarle, quiere que pongamos algo, siquiera un poco, de nuestra parte. El trato con Dios debería emanar de una libertad íntima, de un amor libre, que no responde a ninguna presión externa. Tal vez uno de los mejores resúmenes de la vida cristiana venga de la pluma de San Agustín: «Ama y haz lo que quieras». Los dos extremos de esta sencilla frase son imprescindibles para entenderla correctamente. Si amamos de verdad a Dios, haremos libremente lo que Dios quiera, porque nosotros lo querremos con todo convencimiento, como cualquier amor noble de esta tierra tiene por objeto agradar a la persona que ama. Si, por el contrario, hacemos lo que Dios quiere, pero sin amarle, nuestra vida será plana, mero cumplimiento de una normativa, de unos mandamientos impuestos desde fuera. Con esa actitud estaríamos reduciendo el cristianismo a un catálogo de preceptos, convirtiendo los medios en fines. Apagando la libertad, encendemos la rutina y empobrecemos un amor que de suyo está llamado a ser infinito, porque Dios es inconmensurable.

Como consecuencia de ese amor a nuestra libertad en el trato con Dios, tendremos también un profundo respeto a la autonomía de los demás, a su capacidad de decidir, aunque tomen opciones contrarias a lo que Dios les propone. Si Dios acepta esas decisiones que juzgamos equivocadas, ¿por qué nosotros vamos a impedirlas? Forzar la conciencia de nadie, incluso para obligarle a hacer el bien, parece una de las más flagrantes malinterpretaciones del querer de Dios. La conciencia es un santuario íntimo al que sólo podremos acceder si la otra persona nos abre su puerta, pidiendo ayuda.
El cariño verdadero por esa persona nos llevará a implicarnos, a ayudar, para evitar algo que degrada a esa persona a quien queremos, pero sin saltar una verja que sólo puede abrirse desde dentro.
Respetar la intimidad de los demás debería ser compatible con la sana preocupación por quienes queremos, con el interés de ayudarles, de servirles de apoyo. La apatía ante lo que puedan hacer, siempre que no nos afecte, tampoco es cristiana. Creo que lo expresa muy bien Susana Tamaro cuando afirma: “Detrás de la máscara de la libertad se esconde frecuentemente la dejadez, el deseo de no implicarse” Es difícil establecer una frontera justa entre respetar los errores de los demás y a la vez sentirse impelido a ayudarles a que los abandonen. Si el respeto convive con la preocupación por los demás, surgirá de modo natural nuestra sugerencia en lo que consideramos decisiones equivocadas. Dios, que podría cambiar inmediatamente a esa persona, no lo hace, y Él sabrá mejor que nosotros por qué. Él sólo quiere que nosotros sirvamos de altavoces de su palabra y de su vida, que nos impliquemos en ayuda a toda persona que nos rodea, también a descubrir la verdad, pero sólo ella puede llegar al convencimiento. Así, mantendremos un equilibrio entre la indiferencia, que no es cristiana, y la coacción, que tampoco lo es.
Que tratemos a Dios libremente es perfectamente compatible con cumplir sus mandamientos, como es compatible el amor de una madre con los sacrificios que la atención de sus hijos requieren, porque nace de un amor libre. Para un cristiano, los mandamientos no son restricciones arbitrarias que proceden de un Dios antojadizo, sino algo así como instrucciones de funcionamiento que nos sirven para rendir mejor nuestros talentos. Cuando compramos un nuevo electrodoméstico, consultamos el manual de uso, para poder aprovechar las posibilidades que han previsto sus diseñadores. Por ejemplo, si adquirimos una televisión, nadie considera que se está violentando su libertad cuando nos explican cómo sintonizar los canales o cómo modular mejor el sonido. A lo mejor puede hacerse de otra forma distinta a como prevé el manual, pero seguramente será menos directa, y casi siempre acabará por violentar la garantía del aparato.
Con las limitaciones de un ejemplo, eso mismo ocurre con los principios morales. Están fundados en el Amor del Creador por sus criaturas. No es un catálogo de normativas absurdas, sino un elenco de consejos para garantizar nuestra mayor felicidad. El dilema no está, entonces, en cómo seremos más libres, sino en cómo seremos más felices con el uso de nuestra libertad. El cumplimiento de los principios morales debería basarse en un convencimiento libre, y no tanto en un respeto más o menos mecánico a las normas establecidas, o en un miedo a las consecuencias negativas de no cumplirlas. En otras palabras, quien elige libremente realizar una acción buena o rechazar una mala debería hacerlo por la alegría que le produce el bien que esa acción lleva consigo, comprendiendo y aceptando en su intimidad las razones últimas de esa opción. Actuar moralmente sólo porque “lo dice la Iglesia”, sin entender las motivaciones últimas, es una forma pobre de religiosidad, y puede ser origen de posteriores abandonos.
Emilio Chuvieco
Finalmente, la libertad cristiana también es compatible con tomar decisiones que comprometen nuestro futuro, incluso con aquéllas que lo hacen para el resto de nuestra vida. La libertad no debería entenderse como ausencia de vínculos, de relaciones, porque no vivimos en una isla desierta, porque estamos limitados por nuestras propias medidas físicas y espirituales. Es bastante común actualmente que se acuse a la gente más joven de falta de compromiso; tal vez hay detrás un miedo a que las decisiones arrastren obligaciones que alteren el futuro. Se prefiere la indeterminación, pero no hemos de olvidar que sin decisiones no hay libertad, sin compromisos no puede construirse nada estable. Para un cristiano, la entrega de su vida a Dios, ya sea de modo exclusivo en el celibato, ya en el seno de una familia, compartiendo ese amor a Dios con el del cónyuge, es una manera extraordinaria de poner en juego la libertad. No es más libre quien no se compromete, temeroso de las consecuencias futuras de su decisión; sólo es más timorato, más apocado. Cualquier decisión implica cerrar otras posibilidades, tanto entregarse a Dios, como casarse con una determinada persona (y no con otra), comprar una determinada casa (y no otra), o estudiar una determinada carrera (y no otra), pero sin ese tipo de decisiones el ser humano quedaría reducido a una pura expectativa.

 

Original en Vivir el cristianismo en el s. XXI (Blog que dirige Emilio Chuvieco)